Hoy, cuando miramos la llegada de un nuevo día, disfrutando las 24 horas de nuestra familia, algo que en este mundo se ha ido convirtiendo en polvo, en nada. Las risas de los mayores, las carcajadas y pilatunas de nuestros hijos no son más que el eco lejano de un pasado.
Esta soledad en compañía, como dijera un célebre pensador, la debemos llevar con paciencia, tolerancia y prudencia; esa convivencia de la cotidianidad tiene un agregado feliz que la familia debe preservar para su propia subsistencia y regocijo.
No es momento para recriminarse, regañar, sermonear o censurar, es un soplo de tiempo para unirse en familia y en comunidad, es un instante para dar soluciones ante la adversidad que no dudamos, será efímera, siempre y cuando, nos disciplinemos en nuestras acciones físicas y espirituales, es un relámpago que nos otorga la divina providencia para hacer un alto y no un final, es un nuevo comienzo.
Un nuevo amanecer que nos orienta a palpar que las cosas son materiales y, que solo una vez, podemos acariciar un elemento y no varios a la vez; es un empujón a compartir, y no al excesivo aprecio por las cosas que nos rodean sin preocuparnos por el prójimo, si no exclusivamente pensando en nuestros intereses personales.
El tiempo real de todos es hoy, debemos desarrollar acontecimientos que nos abran nuestra alma y sean la raíz de donde emerja un mañana, con bases vigorosas, que nos impidan equivocarnos ante un obstáculo sin salida; hoy, es nuestra ocasión más poderosa y sustancial, para tener ese compás de interpretar la composición de la vida, ante ese intangible y letal compañero que nos amenaza ahora.
Ese oscuro e invisible enemigo que nos ataca hay que prevenirlo y destruirlo, no es un obstáculo, será una nueva oportunidad ante la incertidumbre de una sociedad desvencijada por el oscurantismo atroz de los años pasados, y que solo con nuestra pujanza interior comunitaria, lo derrotaremos en su génesis y, sin ninguna posibilidad de revivir.
Los excesos que son una constante en nuestras vidas, hacen parte de una indivisible porción de la humanidad, la tendencia al “yo” y no al “nosotros” nos ha invadido significativamente, el excesivo narcisismo colectivo, la permisividad generalizada, el enamoramiento de lo físico y la promiscuidad, son, tristemente, las energías que mueven nuestras vidas. Este es el verdadero virus del “yo” que nos está autodestruyendo, y se ha ido incrementando, de generación en generación.
Todos somos una caricatura de algo o de alguien, pero, ¿Qué pensamos de nosotros? ¿Somos perfectos? Lastimosamente hemos sido arropados por la percepción que poseemos del otro, el sistema nos apoya, pero, ya es tiempo de parar y corregir, o de lo contrario, seguiremos sin brújula y alimentando un futuro incierto, dudoso y aleatorio.
El miedo nos invade, tememos a lo desconocido, no podemos ser sordos ni ciegos ante la realidad, hay que escucharla para aprender, y tener la certeza de vencerla actuando con razón y corazón.
¿Es tiempo de cambiar? Es un espacio que nos otorga la evidente coyuntura, la cual, solo depende de nosotros, si realmente deseamos ver esa luz al final del túnel. Es nuestro momento. La decisión es nuestra.
HAROLD SILVA GUERRA
Ph.D in Management, University of St. Gallen (Suiza). Master of Arts in International Business Administration, Bournemouth University (Inglaterra). Magister en Administración de Empresas, Universidad del Norte. Administrador de Empresas, Universidad del Norte (Colombia). Estudios de Responsabilidad Internacional Empresarial, Fo Guang University (Taiwan).



