A estas alturas del año, todos sabemos que estas Navidades no serán las Navidades de los abrazos, de los reencuentros con los amigos que viven fuera, de compartir momentos con nuestros compañeros en las típicas cenas y comidas de trabajo. En esta Navidad además del estreno, tendremos la indumentaria obligatoria para evitar el contagio, o sea la máscara.
Las videollamadas en las plataformas virtuales llenarán el vacío de la presencia física, y los que perdimos un ser querido en este pandémico año, lloraremos su ausencia. Esta Navidad no disfrutaremos de las actuaciones y villancicos de los alumnos en sus colegios. No habrá novenas presenciales, donde cada niño y niña se juntaba en su barrio con la esperanza de una mejor Navidad. No tendremos todo eso, es cierto, pero mañana tendremos mucho si somos responsables, pues los sacrificios de hoy serán la posibilidad de abrazarnos en la próxima Navidad. Estas fiestas navideñas serán, inevitablemente, diferentes, pero también nos ayudará a concentrar nuestra atención en el verdadero significado de la Navidad: El nacimiento de Jesús y el valor que tiene cada hogar.
Durante la época navideña me gusta ver las películas alusivas a la misma. En cada película aparecen elementos comunes: Los regalos, los adornos en las casas y establecimientos comerciales, la unión familiar, la recapacitación sobre los aspectos negativos de los comportamientos de los protagonistas, la esperanza de conocer el amor de su vida. En fin… estos programas contienen mensajes positivos como: de eso se trata la Navidad… de compartir con los demás, etc. etc., como queriendo aminorar la práctica de actividades materialistas y consumista propia de esta época. Sin embargo, en la gran mayoría, – por no decir en todos – hay un gran ausente: JESUS.
La Navidad celebra que Dios se ha regalado al mundo, que lo más importante de la vida nos ha sido dado gratuitamente. El amor que nos han tenido no lo pudimos comprar, el tiempo que nos dedicaron los que nos cuidaron nadie nos lo puede cobrar y no podemos devolverlo. Regalar no tiene nada que ver con compromisos ni con que esperemos que nos den algo. La gratuidad se aprende cada día, en las pequeñas cosas, cuando aprendemos que amar no consiste en hacer algo para que me paguen o me devuelvan.
Cuando aprendemos a estar gratuitamente con los demás, sin pedirles nada a cambio; cuando aprendemos a disfrutar de la vida y a descansar sin que tenga que ser todo productivo, entonces podemos acercarnos a cualquier fiesta con un corazón que sabe de gratuidad, de celebración y de agradecimiento. Lo gratuito es invaluable, por ello solo le cabe como respuesta la gratitud: el agradecimiento que alegra al que recibe, como el regalar alegra al que dona por amor sin esperar nada. Jesús es gratuito y nos regala tanto a cambio de un corazón que lo quiera recibir. Seamos agradecidos con Dios por tantas bendiciones, a pesar de todo. Bendecida Navidad para todo el mundo.




