Detrás de todo político populista suele haber un ególatra con delirios de emperador. Hace cuatro años, con su refrán de hacer a «América grande de nuevo», Donald Trump -gracias a su reconocimiento creado fuera de la política, y con un discurso populista y patriotero- logró vencer a la clase dirigente tradicional, encarnada por la exprimera dama Hillary Clinton, y se instaló en la Casa Blanca.
Y el año pasado, hasta cuando llegó la pandemia, todo presagiaba que lograría tener cuatro años más en el poder gracias a que había conseguido mantener suficientemente surtida la billetera del estadounidense promedio y pese a esa imagen muy consolidada de ser un líder guiado más por los arrebatos que por la reflexión. Su retrato era ya aborrecido en el resto del mundo y en los medios y las élites estadounidenses, pero seguía teniendo un ejército de adeptos en las calles de su país.
Para infortunio suyo y fortuna del mundo, tuvo un manejo errado de la crisis de salud y de la crisis económica que sobrevino, y eso resultó suficiente para que fuera derrotado en las urnas por Joe Biden, un candidato demócrata sin mayor brillo, pese a que Trump en los últimos meses había hecho una campaña, en su estilo camorrero, que le permitió recuperar mucho terrero. De hecho, en medio de la polarización y la crisis consiguió alrededor de 74 millones de votos, casi 14 millones más que en el 2016.
Su personalidad egocéntrica, por supuesto, no ha logrado digerir la derrota y por eso llegó hasta el extremo de incentivar esta semana la burda toma del capitolio en Washington, que dejó cinco muertos, para dejar claro que no la aceptaba. Esa acción desesperada -más típica de una república bananera, quién lo creyera! – lo dejó a las puertas de su segundo enjuiciamiento político o de que le apliquen la enmienda 25 de la Constitución estadounidense para sacarlo de la Oficina Oval por incapacidad mental para gobernar.
Sin embargo, a menos de dos semanas del cambio presidencial, ninguna de las dos alternativas parece viable por el trámite necesario para concretarlas, con lo cual toda represalia inmediata está reducida a presionar por su renuncia, un gusto que no les dará a sus enemigos.
Lo ocurrido el miércoles es el anticipo del futuro Trump, que desde una trinchera mediática -que ya encontrará o armará- y con sus millones de dólares y sus millones de seguidores, se encargará de enviarles todos los días dardos al nuevo gobierno y al establecimiento, para mantener su vigencia e intentar un retorno al poder en cuatro años. Y con la sombrilla republicana o sin ella. Hoy Trump debe estar convencido de que hay más trumpismo que republicanismo y eso es un combustible magnífico para su yo.
El magnate no será como otros expresidentes estadounidenses, que se han dedicado a pasear por el mundo y mejorar sus cuentas bancarias dando conferencias y escribiendo libros. Se irá no solo con la idea de que le quedaron debiendo cuatro años, sino con las ganas de ser una especie de emperador y un refundador de la gran potencia del mundo.
Con ironía, el famoso periodista Dan Rather comentaba hace dos días, después del ataque al Congreso: «Imagínense si hubiera logrado la reelección». Este nuevo Trump, que retó sin pudor alguno a la democracia estadounidense, ya no es un problema para los demócratas sino para todo el establecimiento político. En los diez días que le restan de mandato lo estarán vigilando para evitar que cometa otro desafuero, pero después del 20 de enero estará en la calle dando lata. Vienen cuatro años en que Biden y demás tendrán que hacer las cosas bien para hacer que los seguidores de Trump pierdan el entusiasmo y empiecen a verlo como una etapa superada, como un millonario loco.
Una de las tareas es hacer un gobierno que, como dice el nuevo presidente, sane las heridas y una a los estadounidenses. Otra clara es la ofensiva judicial contra el propio Trump, que tiene muchos líos de este tipo a la vista: desde reclamos por acoso de mujeres y evasión de impuestos hasta acusaciones por sus negocios y sus excesos como gobernante. Hoy no es claro si, ya con él fuera de la Casa Blanca, un proceso en su contra puede seguir en el Congreso, pero muchos demócratas seguramente intentarán que sea así.
La pregunta es si todo eso -la acción política y la judicial- será suficiente para enterrar sus aspiraciones y delirios o -como efecto contraproducente- terminará catapultándolo de nuevo al poder. En la historia de estas tierras «bananeras», como dirían en EE. UU., tenemos varios casos de políticos con ínfulas de emperadorcitos que «murieron y resucitaron». La democracia de Estados Unidos está ante un reto inédito allí, que no es menor.
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