Algunos las vieron como una simple maniobra de mercadeo político, pero -aun así- esas vallas que dicen «Gaviria, di que sí» son toda una novedad en la historia de las candidaturas presidenciales en Colombia. A nadie en el país, que recuerde, un grupo de jóvenes le ha pedido de esa manera que los represente como candidato presidencial.
El mensaje, como se sabe, está dirigido al ex ministro de Salud, y ahora rector universitario, Alejandro Gaviria, a quien estos muchachos ven como alguien que puede hacer cambios profundos sin perder los valores democráticos y el respeto por las instituciones. Ellos representan a esas clases medias y altas que sueñan con una sociedad en paz y más moderna pero que ven más un problema que una solución en los radicalismos.
Si es una estrategia de mercadeo, está bien pensada. Si en un grupo social tiene electorado Gaviria es en el de los universitarios y profesionales jóvenes, y mal haría en entrar a la arena electoral con el carné de un partido desgastado como el liberal, que lo viene cortejando. Si Gaviria, como se dice, es el gallo liberal para la pelea, hace bien en no arroparse con el trapo rojo porque en el país puede haber más alejandrogavirismo que gavirismo de César, el veterano Cesar del partido.
Las vallas -creo- son o fueron más una prueba para medir el entusiasmo que generaría su figura entre ese potencial electorado base. Alejandro Gaviria, a pesar de su recorrido académico y en el servicio público, no tiene un alto reconocimiento en todo el país. Sus cifras de imagen favorable y desfavorable son todavía del 25%. Eso lo debe tener pensando mucho, porque en el año que queda sería difícil, aunque no imposible, reducir tal desventaja. No sería extraño que ese simple detalle lo llevara a guardarse para próximas oportunidades.
De hecho, este sábado los medios dieron cuenta de un video en el cual Gaviria reitera que su compromiso hoy es con la Universidad de los Andes y afirma que le dijo al consejo directivo de esa institución que «lo más seguro» es que a mediados de marzo publicará un mensaje para dejar claro que lo cumplirá.
Faltan dos semanas y eso es un buen tiempo en política. Amanecerá y veremos. Si declina la invitación de los jóvenes, nos perderemos de tener un caballo fuerte en la competencia por la candidatura del centro o centro-izquierda, con la bandera de «moralizar la política» y de hacer cambios puntuales significativos sin llevar al país a estremecimientos, algo que encaja bien con la tradición política colombiana. Sin embargo, Gaviria mismo es consciente de que hoy esa posición puede estar chocando con los afanes de gran parte de la sociedad.
A primera vista, si se limita el análisis solo a los jóvenes, es difícil pensar que sean más los que prefieran un líder que proponga hacer los cambios «que se puedan» entre el orden institucional existente a otro que llama a forzar algo más parecido a una revolución en muchos aspectos, incluidos los relacionados con las instituciones democráticas. Lo último parece más acorde con una actitud juvenil, pero no se pueden descartar las sorpresas.
Claramente, a quien más le puede -¿o habría podido?- quitar votos Gaviria es Sergio Fajardo, cuya base electoral también es esa población joven relativamente bien educada. Los dos son muy parecidos: ambos son paisas y tienen origen en la clase alta de Medellín. Son académicos metidos en el ámbito político y quieren cambiar el país por la vía menos traumática.
Tal vez Gaviria es un tanto más pragmático y tiene más diálogo con las fuerzas tradicionales. Como Ministro de Salud se metió en temas espinosos como el aborto, el impuesto a las bebidas azucaradas, los precios de los medicamentos y el desempeño de las EPS. En algunos tuvo éxito; en otros, no, pero dio la pelea en el Ejecutivo y en el Congreso.
Si ambos llegaran -hipotéticamente, de nuevo a la primera vuelta en mayo próximo, probablemente sólo lograrían abrirles la puerta a los extremos para la segunda. Así que el enconchamiento de Gaviria en sus cuarteles académicos, lo cual aparentemente sucederá, será un alivio para Fajardo.
Sin embargo, creo que no hay que olvidar su nombre. La mayoría de los analistas políticos dirían que los dos no pueden estar en la misma fórmula a la presidencia porque no son complementarios, pero también habría que considerar que esa centroizquierda lo que necesita es un dúo fuerte que le dé una clara identidad a la propuesta de un gobierno de cambios profundos en una clima tranquilo. Los dos serían una llave muy atractiva para sacar adelante esa idea.




