En las verdes sabanas de la depresión de la Mojana, bajo grandes árboles de campano y roble que pintan de rosa y amarillo el verano árido y hostil de la región de El Indio, estaba la casa de uno de los personajes más emblemáticos, pintorescos y amables de nuestra tierra. La Famosa Alicia Rojas o mejor conocida como “la echadora de suerte”.
Sus aciertos para encontrar ganado, entierros y leer el tabaco, el café o la mano la hicieron popular y respetada, pero en mi caso verla con su flor de bonche en la cabeza, su pelo negro azabache, sus trajes coloridos y de polleras largas eran un espectáculo cuando visitaba a mi abuela quien realizaba las galletas de harina y queso más esponjadas de Sucre.
En medio de sus conversaciones me sentaban en un tahurete de cuero y entre risas, tabaco y el viento fresco de la Mojana me enseñaron que la cultura es el lazo que une y mantiene vivo a los pueblos. “agueita (mira)” haciendo referencia a la forma franca y clara de escudriñar la esencia de los demás fue una de las primeras palabras que aprendí a balbucear y como hecho curioso debí retirarla de mi vocabulario al entrar a la universidad por aquello de que un medico debe ser y parecer, aunque esto implique asesinar tu esencia.
Al llegar un amigo el “jue (hola)” complementado con “galla”, “ comae” o “compae” eran el saludo más cordial que te puede dar un mojanero como el “chopo” o el arroz con “escurridura”; este era el inicio de una conversación entre “cuche (escuha)” y “asina jue (así es) ” donde se hablaba del vecino que quería un embrujo del pájaro macuá para conseguir novia o de los entierros que perseguían los campesinos guiados por una lampara encantada.
A pesar de los años aún conservo en mi memoria algunas de las palabras que aprendí de la cultura oral indígena que se ha esfumado con el avance de la ciencia, la tecnología y la pérdida del arte ligado al poco sentimiento de arraigo hacia la tierra donde dieron sus primeros pasos las nuevas generaciones.
Por fortuna tuve la oportunidad de nutrirme de esos cuentos y palabras fantasmagóricas de las matronas de mi pueblo y plasmar en escritos como este mi molestia por la falta de interés de las autoridades del ministerio de cultura por recopilar todo el conocimiento ancestral que va desapareciendo con nuestros ancianos como se perdió la vida de Alicia en un mes de marzo olvidada y postrada en su vieja casa de bareque a causa de un accidente cerebro vascular (ACV), pero consciente de que para los subsidios de adulto mayor y familias en acción nunca la acompañó la suerte.
La historia de “Alicia la suertera” hace parte de esos personajes del realismo costeño que escritores como Gabriel García Márquez inmortalizaron en sus obras y aunque la historia siguiendo su curso llegara a su fin, es un honor para las personas que tuvimos la fortuna de nacer entre matorrales y crecer en el monte poder recibir una infusión de cultura, arte y amor por la tierra.



