En política se suele decir qué para ganar una elección popular se debe conquistar al centro, o sea, a aquellos que no son rígidos en sus ideas, están dispuestos avanzar y empujar cambios sociales, pero también a preservar ciertos valores y equilibrios cuando se requiera.
La mayoría de esas personas suelen estar en esa franja social que llamamos clase media, esa misma clase que se ensancha en las épocas de vacas gordas y se encoge en las de vacas flacas, como la que atravesamos.
Según algunos especialistas, Colombia podría perder cerca de la mitad de los puntos avanzados en los dos últimas décadas en materia de reducción de la pobreza por cuenta de la crisis económica generada por la pandemia, lo que implicaría que millones de colombianos que habían entrado al nivel inferior de la clase media pasen de nuevo a ser considerados pobres. Otros tratarán de no caer administrando su pobreza oculta con algo de actividad informal. Esa es la realidad.
Como si esto fuera poco, parece que quienes gracias a sus ahorros están logrado mantenerse más o menos en esa franja recibirán otro baño de agua fría con la reforma tributaria – eufemísticamente llamada por el gobierno «reforma fiscal»- que el presidente Iván Duque y su ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla van a impulsar en el Congreso para llenar en parte el hueco en la financiación estatal que está dejando esta emergencia inusitada y, de paso tranquilizar a las calificadoras de riesgo, para no perder el llamado grado de inversión, que mantiene abierto el acceso a créditos internacionales relativamente baratos.
El texto completo de la reforma no se conoce aún. Esta semana se iba a revelar, pero extrañamente Carrasquilla -un ministro bastante ausente de los medios de comunicación a pesar del importante cargo que tiene- aplazó la presentación.
Tal vez en la socialización de los principales ejes, que él y su equipo hicieron en algunos círculos cerrados, descubrieron algo para ajustar. O tal vez se encendieron las alarmas políticas dentro del Ejecutivo y del Centro Democrático pensando en el año electoral del 2022 y decidieron suavizar ‘la clavada en la cruz’ aprovechando la Semana Santa.
En realidad, el gobierno no tiene ya un margen de maniobra amplio, y los cambios seguramente no se distanciarán mucho del esquema inicial que se pudo conocer: más productos con IVA y tasas mayores para algunos de ellos; más gente declarando y pagando renta; impuesto a las pensiones de más de 7 millones de pesos de mesada; eliminación de exenciones, incluidas las de AFC, medicina preparada y educación; impuesto más alto para los dividendos e impuesto al patrimonio permanente para los más ricos.
La acidez de estos ingredientes se contrastarían un poco con el dulce plan de extender una especie de renta básica para los estratos bajos y mantener la devolución del IVA para ellos mismos. En otras palabras, si los pobres quieren tomar chocolate, tendrán que pagar el 19 por ciento de IVA, pero se lo devolverían al año en un giro. Los de la clase media pagarían igualmente ese 19 por ciento por el cacao mañanero pero sin posibilidad de devolución alguna.
Si la presión adicional sobre el bolsillo de ese empleado o empleada, quizá profesional, que con esfuerzo ha pagado una casa y tiene de pronto un carrito se quedará ahí, vaya y venga. Sin embargo, esa persona probablemente también tendrá que cargar con un poco más de inflación, aportar más al verse obligada a declarar renta; no podrá tener ya el beneficio de las exenciones por educación, salud o ahorro pensional voluntario, y de pronto tendrá que pagar impuesto por su mesada si ya está jubilada. Todos esos huecos nuevos en su bolsillo tendrá que ‘agradecerlos’ a un gobierno que no le da ‘caramelo’ alguno.
¿Qué puede hacer esa persona para tomar revancha? Votar en el 2022 por un candidato presidencial que no represente al gobierno y que al menos le prometa dar reversa a esa reforma, no importa si es un tipo serio o un populista de campanillas. Esa reforma, salga como salga, será uno de las maneras de contribuir a un posible triunfo de la oposición, bien sea de centro izquierda o izquierda pura.
El gobierno parece decidido a darse la pela. ¿Los partidos de gobierno, el uribismo, también? No tanto. Es posible que los políticos -consumados peluqueros- le bajen la moña a la reforma de los 30 billones iniciales a 10 o 15 billones de pesos, como suele suceder con estos proyectos. Y quizás pongan menos énfasis en el IVA y más en el impuesto al patrimonio y los dividendos.
Habrá algo menos de dolor, pero igual el daño político quedará hecho. Y si a la reforma se le une una tasa de desempleo que se mantenga alta, la consecuente oleada de protesta social y un aumento de la criminalidad en las calles y en los campos, el panorama electoral para la derecha se complicará. Las clases populares probablemente ya las tiene perdidas y las medias, en alto riesgo de perder. ¿Será que el ‘coco’ del petrochavismo es suficiente para asustar a esos electores golpeados? ¿»Estamos mal pero podemos estar como Venezuela» será una frase de campaña ganadora para evitar un voto castigo? Difícilmente.
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