Los economistas conductuales en las últimas décadas han hecho aportes que poco a poco han cambiado la forma en la que los psicólogos e incluso los economistas estudian el pensamiento humano, principalmente la formación de juicios para la toma de decisiones.
A grosso modo, distinguen dos sistemas de pensamiento; El sistema automático que se diferencia por ser rápido y poco analítico, un sistema poco controlado, que funciona sin esfuerzo, asociativo, inconsciente y “experto”.
El sistema reflexivo se diferencia por ser mas lento, controlado, laborioso, deductivo, autoconsciente y “obediente”, es decir que siguen una secuencia de reglas para elaborar el juicio y la posterior decisión.
Una forma de interpretar estos sistemas es la de considerar al sistema automático como la reacción visceral, aquella que proviene de nuestro sistema límbico y nos ayudaba a sobrevivir en la sabana rodeada de depredadores. Y el sistema reflexivo como el pensamiento consciente.
Ambos sistemas de pensamiento son muy útiles para nuestro desempeño como individuos en los distintos ámbitos de la vida. En situaciones cotidianas ambos sistemas interactúan sin parar, sentados en un avión al experimentar unos minutos de alta turbulencia el sistema automático dice: “El avión se va a caer, voy a morir, tengo que evitarlo”, a lo que el sistema reflexivo responde: “Los aviones son muy seguros, debe ser una turbulencia transitoria, la probabilidad de accidente en avión es baja”.
En el desarrollo de habilidades y destrezas el sistema automático empieza desconociendo por completo la actividad a realizar, este le delega cada paso al sistema reflexivo, el cual empieza a analizar la tarea y a descomponerla en pequeños pasos, crea un ‘’algoritmo’’ que con el tiempo y la práctica el sistema automático empieza a ejecutar de manera automática.
La calidad de este proceso depende mucho de la calidad de nuestro algoritmo mental de la flexibilidad y las mejoras que introduzcamos en él y por supuesto del tiempo de práctica que utilicemos para entrenarlo. De esta forma incubamos la intuición y podemos realizar las tareas entrenadas con un menor costo cognitivo y temporal.
Un buen ejemplo de esto es la conducción, en realidad empezamos a aprender cuando somos muy conscientes de que debemos hacer segundo a segundo, realizar los cambios, frenar, girar, acelerar, etc. Con el tiempo y la práctica nos encontramos conduciendo bien sin pensar demasiado en ello.
Es importante también ser conscientes de la importancia de no interrumpir la interacción entre ambos sistemas, no transferir toda la responsabilidad al sistema automático, seguir reflexionando sobre la mejor forma de ejecutar la tarea y al tiempo ser conscientes de los riesgos y costos asociados a “pensar demasiado” y no terminar una tarea.
Ser conscientes de esta interacción entre los dos sistemas de pensamiento puede ayudarnos a construir mejores modelos mentales para la toma de decisiones a nivel personal o profesional y saber delegar poco a poco en el momento oportuno y después de mucho esfuerzo y horas de práctica la tarea a nuestros sistemas automáticos, de esta forma, según los expertos en Economía conductual es como se incuba y gestiona la intuición y el juicio de experto.
¿Qué metodologías podemos utilizar para optimizar este modelo de gestión del conocimiento?
Como primer paso sugeriría ser conscientes de esta dinámica y profundizar más en su funcionamiento, entrenar ambos sistemas y su interacción, tarea para la cual es muy conveniente hacer un repaso de los principales sesgos heurísticos y sesgos sistemáticos que se originan inconscientemente en la interacción del sistema automático y reflexivo.
En la próxima columna ¿Cuáles son los principales heurísticos y sesgos productos de esta interacción?



