En el 2002, Colombia era considerado un Estado fallido y su economía estaba convaleciente de la crisis económica de final de siglo.
Poco tiempo antes se había roto el proceso de paz con las Farc, el de los díalogos en el Caguán, lanzado por el entonces presidente Andrés Pastrana, y el hartazgo del país con esa guerrilla, cada vez más violenta y mentirosa, era enorme. Como resultado de esto, ganó la elección presidencial de ese año quien planteó desde temprano un discurso duro contra ella y se mostró dispuesto a combatir esa culebra hasta el aniquilamiento: Álvaro Uribe.
Era tan claro lo que quería la ciudadanía que el ex gobernador de Antioquia – primerizo en elecciones presidenciales- ganó en primera vuelta con más del 54 por ciento de los votos. Uribe se hizo elegir por un movimiento ciudadano llamado Primero Colombia, pero gran parte de los políticos del partido liberal y del conservador se fueron de frente con él o lo apoyaron por debajo de la mesa, e hicieron abrumador su triunfo.
Casi veinte años después, se puede decir con claridad que Colombia no es más un Estado fallido porque, entre otras cosas, se pudo culminar un proceso de paz gracias a que la ofensiva de Uribe contra las Farc llevó a esa guerrilla a aceptar el diálogo salvador que le planteó el sucesor de Uribe, Juan Manuel Santos. Con todas sus flaquezas, esa paz es aún un activo importante para el país.
El escenario en materia de orden público sigue siendo complejo, pero la institucionalidad ya no es tan débil. Sin embargo, la situación económica es tanto o más crítica que la del 2002, por causa de un hecho extraordinario como la pandemia, y pinta que seguirá en tal estado cuando sea el momento de ir a votar por un nuevo mandatario nacional en mayo del 2022.
Esta vez, quien parece estar en el momento justo y en el lugar indicado para ganar está al otro lado de Uribe en el espectro político: Gustavo Petro. Así lo indica la más reciente encuesta de Invamer, a un año de la primera vuelta. En ella el probable candidato de la izquierda radical, finalista de la carrera presidencial del 2018, obtendría más del 38 por ciento de los votos, y quien lo seguiría, Sergio Fajardo, quien tampoco es nada a Uribe, apenas algo más del 15 por ciento.
El hecho, entendible por diversos motivos, encendió las alarmas, sobre todo en el Centro Democrático, angustiado por tener que apalancar a un gobierno metido en líos muy gordos y no encontrar aún entre los suyos una figura clara para tratar de retener el poder.
Si las cosas siguen así -con la administración Duque impulsando leyes impopulares como la reforma tributaria que afecta a las ya golpeada clase media y baja, con el país entre la ausencia de normalidad y sin desahogo y con Petro sin oponente de su calado, no se puede descartar que este gane afianzado por su discurso populista y radical. Y en primera vuelta, como lo hizo Uribe hace casi 20 años. Las circunstancias, repito, parecen estar poniéndolo en el momento y el lugar indicado para hacer historia como el primer presidente realmente de izquierda en la tradicionalmente conservadora Colombia.
Varios analistas han dicho que no se debe entrar en alarmas porque esa ventaja de Petro se reducirá en la medida en que se decante el largo listado de aspirantes con las renuncias de aquí a marzo y las consultas partidistas de ese mes en paralelo con la elección de Congreso.
Eso es posible. Sin embargo, Petro quedó muy bien posicionado en el 2018 con sus ocho millones de votos en segunda vuelta y el desgaste del gobierno y del uribismo es evidente por culpa de ambos y por culpa del momento en que les tocó volver al poder. Incluso el teflón del ex presidente parece estar agrietándose, según la misma encuesta.
Si desde esa orilla se sigue confiando en que el liderazgo del caudillo es más que suficiente para poner presidente, el ‘totazo’ que se puede dar la derecha puede ser muy grande en marzo, porque las circunstancias del país y del mundo no serán normales por un rato largo. Mientras la vacunación avanza a pasa de tortuga, desde diversos frentes económicos se habla de otra posible década perdida para países acosados por las deudas, la falta de crecimiento y el retorno a tasas de pobreza que se creían ya superadas.
En este contexto, lo interesante sería encontrar acciones políticas orientadas más hacia las conveniencias del país y no tanto hacia las de una sola vertiente partidista por importante que esta sea. Los líderes políticos son libres de defender sus ideas, pero también responsables de no dejar que ellas los gobiernen cuando lo que se requiere es superar diferencias y encontrar coincidencias en procura de darle estabilidad al país.
¿Será suficiente una alianza de las fuerzas que hoy apoyan el gobierno con algunos actores regionales? Suena dudoso. ¿Es posible un acercamiento entre fuerzas que en los últimos años han sido más enemigos que amigos?
El no rotundo a la reforma tributaria de Germán Vargas Lleras y el expresidente César Gaviria, líderes de dos partidos importantes, deja ver que no hay muchas ganas de entrar en sintonía por parte de ellos, que ven cómo el gobierno prefiere sonsacar congresistas a dialogar en términos de partidos y bancadas.
Jugar a minar a las fuerzas que están en la mitad del espectro, entre la derecha y la extrema izquierda es una apuesta que puede resultar políticamente rentable en algún momento, jugar al “quédense conmigo porque viene el coco castrochavista” puede parecerle la mejor fórmula a algunos, pero la táctica del miedo no deja de ser arriesgada si se carga con la loza de un gobierno que no ve otra fórmula que subir los impuestos para frenar el desempleo y la pobreza.
Es posible que la gente llegue a marzo tan cansada de todo lo que está pasando que solo piense en darle la oportunidad al otro más fuerte de la contienda con tal de cambiar el estado actual de las cosas, sin mirar que existe el riesgo de desembocar en cuatro años -o quizás más- de radicalismos innecesarios, de choques continuos, de pasar cuentas de cobro, de inestabilidades indeseadas en lo económico y en lo político.
Creo que, dentro del juego democrático, la izquierda democrática puede llegar en algún momento al poder, pero sería mejor que no fuera ahora cuando hay tanto riesgo de desandar lo bien andado. Para evitarlo, se necesitará de liderazgos que privilegien la sensatez política y no las preferencias personales y los egos.
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