La estrategia retórica basada en la antífrasis, consistente en decir lo contrario de lo que se quiere dar a entender y que busca la interpretación del interlocutor, se denomina ironía. Como estrategia recurre a vocabulario o conceptos o puntos de vista que son propios del adversario. Es una forma de argumentación indirecta porque implica que quien debe interpretar es el otro. No obstante, entre ellos debe existir una serie de conocimientos y vivencias comunes que permiten la comprensión de los enunciados irónicos.
Según Behleres (1990), se pueden reconocer tres formas generales de ironía: ironía como figura retórica, ironía romántica e ironía dialéctica. Saliendo de la formas antes descritas, se puede ver que la ironía es de uso común en muchos discursos, que van desde las conversaciones de la vida diaria, la política, la publicidad e incluso en las exposiciones académicas.
El enunciado irónico es funcional cuando los destinatarios comparten vivencias que le son comunes con el orador o que en el plano de las percepciones coinciden. No obstante, cuando el escenario no es el adecuado su uso puede prestarse a interpretaciones diversas, produciendo, no pocas veces, un efecto contrario a la aceptación deseada o buscada. Más allá de expresarse diciendo lo contrario, el valor comunicativo y argumentativo debe tener connotación propia, para evitar en lo posible tergiversación.
La ironía no cae dentro del ámbito de lo burlesco ni de la descortesía, verla de esta manera deforma su significado como recurso lingüístico y serio, ya que ella en si misma conlleva efectos positivos en su planteamiento, y aunque pueda ser divertida no es sinónimo de grosería ni de ordinariez. La descortesía, no puede ser vista como ironía, sería aceptar algo muy alejado de la realidad; la indelicadeza tampoco es ironía. Ellas: la descortesía y la indelicadeza, identifican y refuerzan la imagen negativa de quien las ejerce, así como del grupo que las acepta como parte de su actuar.
En palabras de Reyes (1984), la ironía es un fenómeno pragmático: solo se percibe en contexto y depende de las intenciones del locutor y de las capacidades interpretativas del interlocutor. Debe sin duda, llamar la atención del público con frases particularmente elaboradas para que logre captar la construcción irónica. La ironía, puede ser estructurada mediante afirmaciones ciertas, interrogantes, ofertas y solicitudes extremadamente amables, independientemente o combinadas entre ellas.
Es usual, en lenguaje popular, que a lo ridículo, extravagante y grotesco al emitir juicios y opiniones se le denomine ironía, cuando debería ser en términos reales simple chabacanería. Grave error de entendimiento, porque lo excelso jamás dejará de ser notable, elegante y distinguido.



