El caos en Cali es un síntoma de un creciente descontento social particular de la ciudad en una problemática que resulta muy regional para ser resuelta desde Bogotá y muy nacional para ser resuelta desde la capital del Valle.
Cali se ha convertido en el puerto de destino de los problemas ajenos. Llegan tanto los narcos a entretenerse y a cerrar negocios, como los desplazados de la violencia producto del propio narcotráfico y de la guerra estatal contra este, llegan los desplazados internos que huyen de la pobreza en Cauca y Nariño, y los venezolanos que huyen de la pobreza, de la dictadura, y de todo junto.
La llegada del Gobierno a Cali no arregla nada. Por qué es un Gobierno de hombres cachacos millonarios que todavía no aprende el lenguaje de las regiones, y la lucha de los pobres, no por carencia de palabras, sino por falta de empatía.
Medidas como la gratuidad para educación superior para jóvenes de estratos 1, 2 y 3, son victorias de las protestas pacíficas. La errónea comunicación presidencial, en la que Duque ha sido incapaz de referirse a las protestas pacíficas sin añadir un “pero” para referirse a los vándalos, ha reducido el impacto de estos anuncios que pretendían desescalar el paro, cuya continuidad amenaza la salud de los colombianos y en el caso de Cali, el abastecimiento y situación de orden público.
De Cali ayer miércoles se fue la Minga, cuyo paso ha sido pacífico, a pesar de las estigmatizaciones de ciudadanos, que califican su protesta como violenta, en ignorancia de cómo estas acusaciones en un país como Colombia comprometen la seguridad de un grupo históricamente oprimido, cuya resiliencia, que llegara al Cauca en chivas, es de admirar.
El paro cumple 15 días en la agenda nacional e internacional, y como Cali, es un microcosmos de todos los problemas de Colombia, cuya magnitud y complejidad no debe destruir nuestro optimismo. Hoy existe una ciudadanía más despierta, una juventud que rechaza el actuar paramilitar y el abuso estatal, y unas regiones que comienzan a obligar la presencia del gobierno en terreno y no en Palacio, en acciones y no en palabras.
Es cuestión de tiempo para que el despertar de la ciudadanía se refleje en un recambio de líderes e ideas, que muestren la diversidad de intereses y valores de la Colombia en la que cabemos todos.



