Ante el auge de los procesos globalizadores se pone de manifiesto la adaptación de los gobiernos locales y por supuesto los impactos que genera en los territorios, nuevas formas de gestión de lo público a dado lugar a modismos y malas interpretaciones del quehacer propio para insertarse o volver atractivas las ciudades ante las nuevas exigencias de eficiencia y marketing.
Los procesos de globalización caracterizados por fuertes flujos de información, capitales, mercancías y personas, en el que las ciudades pasan a ser nodos de servicios e infraestructura de soporte a la economía mundial, rezaga y margina a los territorios que no logran conectarse al sistema altamente variable y dependiente de los procesos de competitividad para atraer y generar nuevos flujos o cambios en los ya existentes.
Esto ha llevado a alianzas territoriales por ejemplo de ciudades portuarias para hacer frente a nuevos puertos o a las nuevas apuestas turísticas que se van presentando en otros territorios, nuevas exigencias urbanas de cara a estrategias de cualificación del recurso humano, infraestructuras y servicios. Una constante de revaluarse y reinventarse para no quedarse por fuera de las ciudades globales.
Ante esto cabe preguntarnos ¿Están nuestras ciudades afrontando este reto? Entendiendo que se debe reorientar funciones urbanas de acuerdo al impacto de las nuevas tecnologías de la información y del conocimiento, pues el actual modelo basado en centros de producción viene en descenso, mientras va en auge el desarrollo de servicios avanzados basados en la ciencia, la tecnología y la creatividad, para ello la innovación urbana se convierte en un principio generador de estos procesos de transformación.
Para lograr implicar la ciudad en este rol, se deben adelantar acciones tendientes a fortalecer los tres principales factores de competitividad: la sostenibilidad para garantizar que el territorio tenga movilidad funcional, servicios públicos de calidad, sea amable con el medio ambiente, finanzas y costos de funcionamiento territoriales responsables y apropiación del territorio por parte de los ciudadanos; la educación como apuesta de valor que pueda generar investigación e innovación; y la cultura para tener clara la identidad. Estos factores garantizan la calidad de vida de los ciudadanos, que de la mano con políticas sociales pueden contrarrestar la desigualdad, la exclusión y la pobreza, al tiempo de establecer la pauta para empezar a abanderar los cambios requeridos.
Ahora bien, para poder ir avanzando y establecer los lazos de cooperación y alianzas territoriales, toma fuerza la estructuración de observatorios permanentes y/o el establecimiento de agencias de promoción como las existentes en algunas ciudades colombianas: Pro-Barranquilla o Pro-Monteria que promueven las ciudades como destino de inversión, negocios y turismo aplicando marketing territorial, así como realizando estudios urbanos para medir la competitividad, identificar los procesos más adecuados de adaptación y ajuste de la estrategia urbana, implicando a otros actores urbanos como los empresarios, la academia y a los mismos ciudadanos.
Todo esto nos lleva a tener claro que la vida urbana se va moldeando día a día, y que el administrar una ciudad implica ver más allá de los meros indicadores de metros de vías pavimentadas, parques recuperados, aulas de clase construidas o empleos generados, hay que saber para donde van las tendencias globales, a que se dedica y a que se puede dedicar la gente, como lograr avanzar para satisfacer las necesidades al tiempo de generar nuevas oportunidades urbanas.
Hoy la cercanía del ciudadano a los procesos de entender y construir la ciudad ha tomado fuerza, la gestión equitativa de la vida colectiva exige la implementación de soluciones coherentes con el cambio de civilización en que estamos inmersos, la globalización es una realidad que no podemos atajar, pero qué si podemos aprovechar para marcar diferencias en un mundo que busca cada vez mas y mas detalles, entre tanta igualdad marcada por “modas”, toma preponderancia el ser diferentes, y por ello el pensamiento sobre lo público no se puede dirigir a simples procesos de modernización como cliché del desarrollo.



