Son las cinco de la tarde y se asoma en la sabana sucreña lo que mi abuelo llamaba “el sol de los conejos ”, a las orillas de la carretera que de San Marcos conduce a Majagual el canto del chavarri (Chauna chavaria) y los bramidos de las vacas en la planicie son testigos del robo que sucedió un mes de mayo en una de las zonas más hermosas de Colombia pero que atraviesa una emergencia social impulsada por la falta de empleo y el cáncer de corrupción que ha desatado un tsunami de acontecimientos que tienen en vilo a los pobladores porque como dicen en las veredas “ahora hasta por un corozo te dan en la cabeza”.
Luego de un préstamo en el Banco Agrario por el que tuvo que arrodillarse ante el milagroso de la Villa, Don Pacho, logro conseguir unos centavos para sembrar unas hectáreas de patilla que al final le dejó más perdidas que ganancia debido al efecto del clima y la falta de clientes por la pandemia del Covid–19.
Pasando miles de trabajo como le toca a todos los campesinos de esta zona del país, logró sacar una parte de la cosecha hasta la perla del San Jorge donde por un precio inferior al regular la vendió pensando en solventar la cuota de la deuda y algunos gastos de su parcela, pero sin llegar a imaginarse que al emprender su camino de regreso los amigos de lo ajeno lo estarían esperando en el paso del “limoncito vergarero” para arrancarle de sus manos la mochila con un fajo de billetes que no sumaban dos millones de pesos, darle un “cachazo” de revolver de despedida y dejarlo llorando con las manos en la cabeza.
Desde hace varios meses los campesinos han alertado a las autoridades sobre el aumento de “raponazos”, abigeato y extorsión a pequeños tenderos e incluso vendedores ambulantes por parte de grupos organizados que están sembrando un manto de terror a los habitantes de la zona.
La respuesta ha sido nula por parte de los entes territoriales e historias como la de Don Pacho se repiten a menudo en las parcelas y caseríos. Todos recuerdan el día que al viejo Fermín le atravesaron una cuerda en el terraplén del Indio para quitarle miserables cincuenta mil pesos, el disparo al “mono” para robarle la moto o el “coge que te alcanzo” de “Juana la galletera” que se agarró a golpes con una “pelao” que le arrebato el caldero de las galletas.
Detrás del auge del vandalismo está un asunto que he mencionado en columnas previas y hace referencia a la falta de oportunidades en una región que muere de hambre y donde los jóvenes no tienen la opción de una educación superior, un empleo remunerado o alternativas que permitan arrancarlos de las bandas delincuenciales.
Invertir en formación educativa, salud y deporte, debería ser la prioridad de las autoridades regionales, pero esto es pedirle “cocos al papayo macho” si tenemos en cuenta que nuestros dirigentes son el hazme reír comunitario y se han convertido en unos expertos dando cátedra de corrupción y malos manejos del erario; en pocas palabras como decía mi abuela “estamos con sed, pero sin agua y con el calabazo roto”.



