Son las 4:00 de la tarde en medio del sol de la sabana sucreña. El sonido de los clarinetes, el bombo y los platillos suenan a todo volumen, mientras las mujeres bailan al son de “María Varilla”, ese porro insigne del folclor costeño y los hombres en medio de “guapirreos” hacen sus apuestas sobre el bravo toro “barcino” que acaba de salir al ruedo retando la osadía de un mantero que se dispone a dar sobre sus cuernos el salto de la muerte.
Es la fiesta en corralejas de la Región Mojana en un polvoriento mes de marzo donde en medio de las celebraciones de Semana Santa, habitantes locales y de pueblos cercanos se reúnen alrededor de un círculo de madera y zinc para disfrutar del espectáculo cumbre del manteo, la garrocha y el fandango.
Corre la época de finales de los noventa y a punto de iniciar un nuevo milenio se escucha en el periódico popular, el fantasma de las masacres de los corregimientos de Chengue y Macayepo, Bolívar en los cercanos Montes de María, así como la historia del burro bomba en el municipio de Chalán, Sucre o la llegada del bloque de la guerrilla a zonas cercanas de Guaranda y San Jacinto del Cauca.
A pesar de las advertencias de algunos campesinos sobre la presencia de extraños en la periferia del pueblo, se decide convocar a los pobladores que abarrotaban los palcos en busca de un lugar para disfrutar el espectáculo taurino. En el palco principal estaban los dueños del ganado, hacendados, concejales y personalidades de la región quienes se aglomeraban con la plebe bailando y cantando los porros más “palitiaos” de la banda juvenil de la región.
De repente y como por señal de la misericordia la banda dejó de tocar, el toro se plantó en medio de la plaza y la gente se empezó a mirar sin entender que estaba pasando. Doña Elvira, recuerda que tenía en su mano una bolsa de “parpichuelas” y decidió coger a sus dos hijos de la mano presintiendo que algo malo estaba por pasar en el pueblo; al llegar a la subida de la corraleja un grupo de hombres armados hasta los dientes dispararon a los aires y el ambiente de fiesta fue pánico y terror aquella tarde.
Algunos osados decidieron saltar al vacío, otros se sentaron a rezar al Milagroso de la Villa. Los niños lloraban, las mujeres suplicaban, pero en general todos presentían lo peor. “Suelten los toros” gritaban algunos sin entender la orden clara interpuesta por el comandante quien con una voz de costeño “acachaao” decía “nadie sale y nadie se mueve hasta que realicemos una requisa”.
Aquella revisión consistía en analizar con lista en mano algunos objetivos que estaban previamente estudiados y serian un botín en medio de la guerra. Uno tras otro fueron seleccionando a sus víctimas hasta terminar su misión; no sin antes advertir que el Bloque Mojana era el amo y señor de la región.
En medio del retiro aquel caluroso marzo que no olvidamos en nuestra tierra fue manchado por la sangre de inocentes que departían con sus familias y luego la angustia se apoderó de algunos que a son de porro y fandango debieron despedir a sus hijos, los cuales bajo el manto del secuestro nunca volvieron a casa.
Las heridas de la Mojana siguen abiertas y el dolor de perder a sus hijos está en vilo muy a pesar del falso perdón de las guerrillas y la misera reparación de las víctimas por parte del Estado.



