En días pasados vivimos en el estadio El Campín de Bogotá, un hecho al que le caben todos los calificativos, lo que debió ser una fiesta para celebrar que la vida comienza de nuevo y que poco a poco regresamos a la normalidad, unos pocos desadaptados decidieron convertirlo en una batalla campal.
La fiesta del reencuentro de las familias con la pasión del fútbol, se convirtió en pesadilla en un abrir y cerrar de ojos y todos fuimos testigos por redes sociales y medios de comunicación, de como se ha perdido todo el respeto por la vida.
En esta columna no me voy a referir a ninguna hinchada en particular, voy a hablar de esto y lo que hemos venido viviendo en los últimos tiempos en nuestro país, empieza a describirnos como sociedad.
El vandalismo, las agresiones por pensar distinto o por tener una ideología u otra, se están convirtiendo en el pan de cada día en un país que ha soportado y sobrevivido a todas las formas de violencia.
Yo no creo lo que dicen ciertos personajes por ahí, que la violencia la llevamos en la sangre. Al contrario, creo firmemente en que somos un pueblo luchador que ha sabido sobreponerse a la muerte y al miedo que unos cuantos nos han querido imponer.
Pero en las calles disfrazadas de “protesta social” o en el estadio, “defendiendo una camiseta”, no podemos normalizar comportamientos que buscan encasillarnos como un país de gente violenta. Nada puede justificar que alguien se crea dueño de la vida, la libertad o la integridad de otra persona, la violencia venga de donde venga se debe condenar y rechazar.
Cuando entendamos que no es la ley del más fuerte como en la selva la que prevalece o que los derechos de unos están por encima de los derechos de los demás, podremos vivir como siempre hemos soñado, en paz. A mí esto me lleva a una reflexión que quiero compartir con todos, y si al menos uno de ustedes se lo plantea conmigo, ya me doy por bien servido.
Cuando llegó la pandemia, estaba convencido que en algo íbamos a cambiar, que ese tiempo en el que literalmente la vida se nos detuvo, que vimos gente a la que queríamos partir para siempre sin poderles dar el último adiós, que nos encontramos de frente con el miedo y caímos en cuenta de lo corta y vulnerable que era la vida, nos iba a obligar a ser mejores seres humanos.
De hecho, escuché a muchas personas decir lo mismo, pero ahora después de ver lo que ha pasado con el paro, lo del Campín y en las calles de nuestras ciudades, me pregunto ¿No era que la pandemia nos haría mejores personas?, ¿En qué estamos fallando como sociedad cuando la tolerancia entre unos y otros es casi nula, cuando el egoísmo se apoderó de todos y creemos que podemos pasar por encima del que sea porque lo único que importa soy yo?
Con esto quiero hacer un llamado a cada colombiano que pueda leer esta columna que hoy más que nunca, escribo con el corazón. La vida es sagrada, la violencia no se puede normalizar y mucho menos romantizar escudándola en una causa.
La violencia es violencia y casi siempre termina llevándonos a cometer errores de los que difícilmente podemos salir invictos. La violencia no lleva a la paz, lleva a la muerte y ya estamos cansados de tanta sangre, de la cultura guerrerista.
La justicia y nosotros como sociedad, debemos replantearnos la forma en la que estamos actuando, para saber si lo que queremos dejarle a nuestros hijos y a todos los que vienen atrás, es un país sin valores, sin ningún respeto por la vida, o un lugar en el que todos, pensando distinto, podamos vivir en armonía bajo las bases del respeto por el otro.
Yo le sigo apostando al respeto, de la mano de mi esposa, le seguiré inculcando a Benjamín y a Eloísa, mis hijos, el amor y la posibilidad de construir sus sueños respetando siempre los de los demás, en las manos de todos está la posibilidad de cerrarle el camino a la violencia, porque con ella no hay acceso a la justicia. ¿Y ustedes cómo quieren ayudar a parar la violencia?



