El título de esta columna corresponde al tercer mandamiento de la ley de Dios (Éxodo 20, 7). Este mandamiento le prohíbe al pueblo darle un uso indebido al nombre de Dios. Pero, ¿qué significa tomar su nombre en vano? Por supuesto, esto incluye el uso irrespetuoso al maldecir, calumniar y blasfemar no solamente con palabras pero también con decisiones, gestos y comportamientos totalmente contrarios a la voluntad de Dios.
Estamos en plena pre-época electoral en la cual se van perfilando candidatos al más importante cargo público de nuestra Nación. No deja de ser sorprendente como en las últimas semanas se haya instrumentalizado y manipulado el tema de Dios y de la religión en las pre-campañas de algunos candidatos.
Ser católico o ser ateo no es la garantía de un mal o buen Gobierno. La sensibilidad religiosa no deja de ser una experiencia personal de fe que debería verse en acciones de vida que reflejen coherentemente lo que se cree y a quien se cree en la familia, comunidad o instituciones.
La historia nos enseña que existieron católicos practicantes quienes fueron grandes dictadores así como personas no confesionales o ateos que fueron excelentes gobernantes. Y obviamente también lo contrario, gobernantes católicos que fueron excelentes gobernantes y no confesionales o ateos que fueron un total desastre.
Un Católico o un Ateo cuando asume un cargo de Gobierno de una Nación, no puede olvidar que gobierna para toda la ciudadanía, creyentes y no creyentes, que debe respetar los valores que cimientan ese pais, las diferentes sensibilidades, las mayorías y las minorías, buscar el bien común y hacer buen uso del erario.
Un político que asume cargos públicos no puede olvidar las bases religiosas, éticas y morales en las cuales se fundamenta la sociedad, así como todos los códigos deontológicos para el desarrollo de una excelente gestión y los valores plasmados en la Constitución política de nuestra Nación.
Lo que es absolutamente incorrecto y de muy mala fe, es instrumentalizar y manipular el tema de la religión y Dios para fines electoreros. Si fuéramos un poco más cuidadosos de no usar la palabra “Dios” a la ligera, tal vez seríamos más prudentes al afirmar que sabemos cuál es su voluntad, especialmente cuando aplica a los que ocupan o deseen ocupar cargos de elección popular.
Y en ese sentido, seguramente no es voluntad de Dios la corrupción que tiene el país arrodillado a intereses particulares de unos pocos aumentando los niveles de pobreza. No es voluntad de Dios robar los fundos destinados a los más carenciados, para el desarrollo de las comunidades más vulnerables o entonces destinadas para bienes esenciales como la educación, salud, habitación y alimentación.
No es voluntad de Dios las ideologías políticas progresistas o no progresistas que apoyan la cultura de la muerte, del conflicto, del libertinaje, del odio y de la guerra. No es voluntad de Dios mentir a los ciudadanos con promesas falsas, populistas y no viables engañando al pueblo para llegar al poder.
No es voluntad de Dios quitarles a los niños, adolescentes y jóvenes las herramientas para una educación de calidad y la posibilidad de materializar sus sueños y proyectos de vida.
No es voluntad de Dios que la gran mayoría de los ciudadanos no tengan un empleo digno para poder llevar el pan de cada día a sus familias. No es voluntad de Dios corromper, manipular la justicia o instrumentalizarla a su favor. En fin no es voluntad de Dios todo lo que es contrario a su voluntad.
Ojalá que todos los candidatos al más importante cargo de elección popular y todos los que hoy ocupan cargos públicos, tuvieran como fundamento de su acción de gobierno, no solamente este tercer mandamiento, sino todos los 10 mandamientos de la ley de Dios, pues así seguramente su acción gobernativa seria el reflejo de la voluntad de Dios y habría coherencia entre el discurso y la acción. Pero como no es así, háganme el gran favor de no pronunciar el nombre de Dios en vano.



