Hablando de relevancia, se puede decir que hace referencia a todo aquello que consideramos desde nuestra propia percepción como importante, significativo y trascendente; también tiene que ver con lo que pensamos, recordamos, concluimos o inferimos como valioso, fundamental o substancial. Por su parte, la relevancia puede ser objetiva o subjetiva, explícita o implícita y no es absoluta. Es, además, una característica básica del conocimiento humano que se privilegia acoger o aprovechar.
La teoría de la relevancia tratada por Sperber y Wilson (1986, 1995), hace referencia a una característica esencial de la comunicación humana que en su expresión denota intencionalidad. En sus planteamientos se puede interpretar además que median expectativas por parte del oyente, que lo inducen a seguir el discurso en función de participación, pertenencia, pertinencia, utilidad, cooperación, calidades, cualidades, claridad, identificación y empatía, entre otras, mientras el expositor con ello espera una reacción de adhesión que capitaliza favorablemente. En ella se entrelazan lo cognitivo y lo comunicativo.
Visto así, existe una tendencia específica a aprovechar al máximo la relevancia, implícitamente esto permite predecir y manipular las expectativas de los demás, siempre y cuando se utilicen los estímulos adecuados para la activación de los supuestos contextuales que llevarán a la conclusión esperada. En resumen, se debe llamar la atención y encaminar al receptor o receptores hacia la finalidad que es esperada, respecto de lo que se presenta, se justifica y se tiene como relevante.
En todo este proceso comunicativo juegan un papel primordial los estímulos ostensivos, que se generan para llamar la atención del destinatario, sin olvidar que él los debe conocer o debe saber sobre lo que se está comunicando. En esencia, lo que se dice será importante si es de fácil procesamiento para el interlocutor y está de acuerdo con sus expectativas. Entre mayor similitud haya en el contexto de quienes se comunican entre sí, menor será la probabilidad de errores en la comunicación.
La funcionalidad práctica existirá siempre y cuando se entienda que la teoría de la relevancia guarda estrecha unión entre la intención comunicativa del locutor y la importancia que tenga para el interlocutor, anotando que es éste último quien decide a partir del esfuerzo de comprensión que conlleve el proceso y los resultados favorables que espera obtener. Igualmente, cuando se interpreta, existe un nivel básico en los que priman convencionalmente la codificación y la decodificación, y un nivel más elaborado en el que se da la inferencia.
Haciendo referencia a la educación y con especial acogimiento a los niveles superiores, la teoría de la relevancia es de gran importancia. No puede haber una efectiva transmisión del conocimiento y menos de las experiencias docentes, si el alumno no está en sintonía con el temario, si no existe entre ellos una acertada decodificación de lo tratado, y menos aún, si no se permite la reestructuración de los contenidos que como referentes inviten a la creatividad personal.
La educación basada en premisas exclusivamente anecdóticas pueden ser fascinante, pero no suficiente para alcanzar un nivel constructivo y operativo funcional. Debe existir una combinación entre lo propio, lo investigado, lo depurado, lo comparado y susceptible de mejorar, que ponga en sintonía al alumno con el docente y entre ellos medie la realidad de las necesidades y la verdadera funcionalidad de los procesos de enseñanza aprendizaje, esos que son requeridos en un mundo en constante cambio.
No se debe dejar de lado, que según la tesis fundamental de Grice (1989), una de las características esenciales de la comunicación humana es la expresión y el reconocimiento de intenciones. Visto así, se puede concluir que la deducción juega un importante rol. En este sentido, saber comunicar es para el proceso de enseñanza aprendizaje un asunto fundamental. En esencia, para que se estructure un buen proceso comunicativo, la relación entre lo que se dice y lo que se interpreta debe ser susceptible de análisis e incorporación adicional de contenidos, debe ser un proceso idóneo. Por su parte el contexto, como conjunto de conocimientos compartidos, debe ser relevante.
Cuando se pierde el contexto o cuando éste es desconocido, desparece su valor como medio de planteamientos argumentativos, pasa por desgracia y para desgracia a un plano nocivamente devaluado… Deja de existir la relevancia para que se entronice lo insustancial.



