En medio de un “cambuche” ubicado a orillas de la carretera que de San Marcos comunica a Majagual en el corazón de la Mojana sucreña se encuentra nuestro protagonista de hoy. Tiene once años y es amante del futbol y las “carimañolas”, su nombre es Juan y con lágrimas nos relata como el día de su cumpleaños mientras correteaba una gallina en el patio de la parcela, su mama lo tomó de la mano y en compañía de su familia le toco salir desde la vereda “playón viejo” con lo que tenía en la mano mientras observaba a las blancas aguas del rio Cauca arrasar con lo que se encontraban a su paso.
Con cara de preocupación nos cuenta que lleva casi dos meses viviendo en el “cambuche” donde a diario junto con sus otros seis hermanos sobrevive a las embestidas de motos, camiones y rebaños de ganado que amenazan con arrastrar la casucha improvisada con plástico y hojas de palma de corozo.
Sueña con ser médico y ayudar a su gente, pero le preocupa que la escuela donde recibía sus clases hoy está cubierta por agua y solo el techo se divisa en el horizonte, por lo tanto, sus probabilidades de regresar a recibir educación son prácticamente nulas.
Una de las alternativas es continuar de manera virtual pero menos del 10% de la población tiene acceso a internet y muchas veredas aún no cuentan con servicios básicos como electricidad, además los pocos lugares de conectividad están totalmente inundados.
La historia de Juan es el retrato de la situación de los niños en esta región donde además del problema social, económico y ambiental que padecen los mojaneros ahora se suma la catástrofe escolar agudizada por la falta de recursos tecnológicos que permitan a los estudiantes el retorno a sus clases y continuar con el fragmentado proceso escolar.
En el corregimiento de La Sierpe la institución educativa donde reciben clases el 80% de los jóvenes rurales hoy es un improvisado albergue donde familias de las entrañas de El Caño de Rabón reemplazaron los pupitres por camas y los cuadernos por ollas de arroz.
En uno de los diálogos de socialización virtual a inicios del 2021 la ministra TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación), Karen Abudinen, hizo alarde de su compromiso con las zonas rurales y mientras conversaba con los rectores de las 14.453 escuelas y colegios de estas zonas prometió conexión y además confirmó que 475 beneficiarán al departamento de Sucre, pero como todo lo que pasa en nuestra tierra aún se siguen esperando dichas promesas.
A esta colcha le faltan muchos retazos, teniendo en cuenta el escándalo por la adjudicación del contrato 1043 de 2020 que negocio la ministra con Unión Temporal Centros Poblados para conectar a 7.277 colegios en zonas rurales del país y de las cuales hasta apartamentos en Miami se han comprado con el dinero del anticipo, mientras niños como Juan siguen esperando una línea de internet para poder seguir en el camino de la alfabetización.
Definitivamente como decía mi abuela “cuando el pobre va para atrás todas las estacas se le paran” y en esta parte de la historia se evidencia que la falta de gestión, liderazgo y el aumento de los índices de corrupción, están llevando al departamento de Sucre a un punto de no retorno donde las inundaciones elevan la pobreza a niveles de miseria, las enfermedades infecciosas matan a la población y ahora la deserción escolar esta en índices alarmantes.
Es el momento de emprender por parte de las entidades gubernamentales un proceso de investigación para evaluar que ha pasado con los recursos designados para la educación rural y seguramente se destapara otro cartel como el del inglés, el VIH o el de los enfermos mentales que tiene loco a más de un dirigente sucreño ¡mandan cascara!



