La solemnidad de Todos los Santos nos invita a reflexionar sobre nuestra vocación de bautizados: Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto. La santidad es el destino de la Iglesia. No es la misión de determinadas personas, ni un camino individual, ni un mérito propio. Es el llamado para todos los cristianos, en el que se nos invita a ser como Jesús y a identificarnos con Él.
Todas las condiciones de vida son caminos de santidad, y por lo tanto todos estamos llamados a ser santos: cumpliendo los mandamientos, aprovechando los sacramentos y la oración, poniendo nuestras virtudes al servicio de los demás y siendo testimonio vivo del amor de Dios en nuestra vida cotidiana.
En el día de todos los santos celebramos el misterio de esa multitud innumerable de personas de carne y hueso, como cada uno de nosotros, que ya gozan de Dios y siguen en comunión con nosotros desde el cielo. Fiesta que nos transmite alegría y optimismo. Si ellos pudieron, ¿por qué nosotros no?
El día de los Fieles difuntos, en la visita al cementerio para honrar los que nos que amamos y nos precedieron en este mundo es una excelente momento para reflexionar sobre el sentido de la vida. La experiencia de la muerte es una de las que todos los seres humanos hemos compartido. A todos se nos ha ido alguien, hemos pasado por el trance del dolor, de la ausencia de un ser querido. Esta conmemoración nos debe ayudar a reflexionar sobre la muerte, no con miedo, sino con serenidad, paz y confianza.
Nuestra vida está enmarcada por el tiempo, ya que desde el minuto uno que nos engendran, estamos predestinados a morir. Vivimos aquí en la tierra, somos peregrinos hacia la vida eterna. La fe nos habla de que no vivimos en vano, sino, que vivimos en Cristo, morimos con Cristo y resucitamos con Cristo. La muerte es el paso a la vida verdadera, allí, donde no habrá dolor, ni llanto, ni angustia, porque contemplaremos a Cristo tan cual es. Nuestra fe se cimienta en la Resurrección. Como diría san Agustín:
“La muerte no es nada. Yo solo he ido a la habitación de al lado. Yo soy yo, tú eres tú. Lo que éramos el uno para el otro, lo seguimos siendo. Llámame por el nombre que me has llamado siempre, háblame como siempre lo has hecho. No lo hagas con un tono diferente, de manera solemne o triste. Sigue riéndote de lo que nos hacía reír juntos. Que se pronuncie mi nombre en casa como siempre lo ha sido, sin énfasis ninguno, sin rastro de sombra. La vida es lo que es lo que siempre ha sido. El hilo no está cortado. ¿Por qué estaría yo fuera de tu mente, simplemente porque estoy fuera se tu vista? Te espero… No estoy lejos, justo del otro lado del camino… Ves, todo va bien. Volverás a encontrar mi corazón. Volverás a encontrar mi ternura acentuada. Enjuaga tus lágrimas y no llores si me amas.”
Creo que es importante recordar a nuestros difuntos y mínimo dedicarles un día al año para celebrar el tiempo que estuvieron con nosotros, pues recordar es volver a pasar por el corazón. Creo que nuestros muertos, desde el más allá, nos sostienen e impulsan en el más acá.
Creo que nuestros seres queridos que están en el cielo, así como en su momento nos regalaron lo mejor de ellos mismos, ahora nos invitan a vivir compartiendo lo mejor que tenemos. Se trata de vivir sin egoísmos. Se trata de ser Buena Noticia para los demás. Creo que nuestros difuntos, junto con el Resucitado, nos animan a vivir con alegría esta encomienda. Desde la fe, creo que la muerte no tiene la última palabra. Desde la esperanza, me encanta la frase de Gabriel Marcel: «Amar a alguien es decirle: tú nunca morirás». Y este es un buen día para decirles que los queremos ¡Feliz Día de Todos los Santos! ¡Feliz día de los Fieles Difuntos!



