La vida sí vale, y mucho. Es lo más preciado que tenemos. Su valor se fundamenta en la dignidad humana, en esa condición de racionalidad y espiritualidad que poseemos.
Juan Pablo II nos recordaba que la vida es una realidad sagrada que se nos confía para que la custodiemos con sentido de responsabilidad y la llevemos a perfección en el amor. En el país, el derecho a la vida, según la Constitución, es inviolable desde la concepción hasta la muerte. Proteger la vida es protegernos a nosotros mismos. Proteger la vida es hacer valer la vida.
La legalización y regulación de la eutanasia conlleva el desprecio obsceno de la vida humana cuando más necesita ayuda por encontrarse en situación de enfermedad, lo que conlleva un mayor grado de vulnerabilidad, sufrimiento físico y psíquico. Además, sin facilitarle la alternativa de los cuidados paliativos ya que son totalmente insuficientes en nuestro país. La despenalización de la eutanasia comportará una decadencia ética progresiva.
La solución a los sufrimientos que genera la enfermedad no ha de pasar por admitir matar o ayudar al suicidio de las personas enfermas. Matar nunca es una solución y aún menos el suicidio. El reto social y médico es desarrollar una medicina paliativa eficaz, que admita la condición de dolor del ser humano y que procure controlar este dolor y aliviar el sufrimiento.
La verdadera alternativa a la eutanasia y al encarnizamiento terapéutico es la humanización de la muerte. Además del acompañamiento afectivo de los familiares, del acompañamiento psicológico y sobretodo espiritual. Por eso una de las pastorales más importantes en una parroquia es el acompañamiento de los enfermos sea cual sea su condición, y no algo puntual pero permanente.
Muchos casos de petición de eutanasia son debidos a una “medicina sin corazón”, al abandono familiar, y la débil situación psicológica y espiritual de la persona. La eutanasia se basa en la desesperación y refleja la actitud de “ya no puedo hacer nada más por usted”. Se ha de ayudar a vivir, pero no siempre es fácil; también se deberá dejar morir, pero matar es una solución demasiado sencilla. La respuesta ante la petición de eutanasia no es la legalización de ésta, sino una mejor educación, atención sanitaria, social y espiritual.
Para ayudar al enfermo a vivir del mejor modo posible el último período de su vida es fundamental expresarle el apoyo, mejorarle el trato y las curas, y mantener el compromiso de no abandonarlo, tanto por parte del médico como por parte de los encargados de las curas, de los familiares y también de su entorno religioso.
Para los que tenemos fe, sabemos que para Dios no hay nada imposible, y que una palabra suya basta para sanar. Aunque la dimensión del dolor y del sufrimiento es sin dudas unos de los desafíos más duros de nuestra fe, es también una gran oportunidad de acercarnos a Dios y darnos cuenta de cuanto nos ama, aun cuando la cruz se hace pesada. No nos olvidemos que Él nos ayuda a cargarla. El derecho a la vida es inviolable porque caso contrario se destruye su sacralidad.



