La pobreza va más allá de la falta de ingresos y recursos para garantizar un medio de vida sostenible. Es un problema de derechos humanos.
Entre las distintas manifestaciones de pobreza figuran el hambre, la malnutrición, la falta de una vivienda digna y el acceso limitado a otros servicios básicos como la educación o la salud.
La llamada “Agenda 2030” de la ONU busca no dejar a nadie atrás y poner en primer lugar a los más desfavorecidos. Cumplir con estos ambiciosos objetivos requiere políticas con visión de futuro para lograr un crecimiento económico sostenible, inclusivo, sostenido y equitativo. Medidas que deben lograr el pleno empleo y el trabajo decente para todos, la integración social, la disminución de la desigualdad y el aumento de la productividad, siempre buscando la sostenibilidad.
En la “Agenda 2030”, el Objetivo número uno reconoce que acabar con la pobreza en todas sus formas y en todas partes es el mayor desafío global al que se enfrenta el mundo en la actualidad y es un requisito indispensable para el desarrollo sostenible.
Al encender las velitas no he podido dejar de pensar en las nuevas manifestaciones de pobreza derivadas de la pandemia que estamos viviendo. La reactivación económica aunque sea un hecho, según los índices económicos nacionales y mundiales, parece ser un hecho para algunos y no para todos. Los precios de productos esenciales, materia prima y de la canasta familiar han aumentado, y cuando los precios aumentan difícilmente vuelven a bajar.
El aumento de la inseguridad aumentó con los niveles de pobreza. Aunque un mal no se debe resolver con otro mal peor, la constatación es evidente: los índices elevados de corrupción, la escasez de oportunidades laborales, el aumento del desempleo, la ausencia de recursos para satisfacer los problemas de primera necesidad han sido acompañados con el aumento de atracos y de la delincuencia en la gran mayoría de las ciudades.
Ha crecido el número de padres de familia que se vieron obligados a retirar a sus hijos de colegios privados para mandarlos a uno público, aumentó el porcentaje de familias que deben recurrir al hospital público al no poder financiar un servicio de medicina prepaga. Aumentó el número de personas que vivían en barrios de estrato elevado que tuvieron de bajar de estrato. Algunos hogares que tenían empleada de servicio, tuvieron que renunciar a este privilegio pues las cuentas no cuadraban al final de mes. Muchos que eran dueños de empresas y negocios quebraron dejando sin trabajo a tantos que hacían parte del cuadro laborar de sus empresas. La llamada clase media, y media alta, que sostiene la economía en cualquier país, está cada día con menos recursos aumentando los índices de pobreza en el mundo.
Hay mucho que hacer para recuperar niveles de confianza perdidos en esta pandemia y que de cierta manera amenazan las democracias del mundo.



