En la zona rural de Villa Gloria, en Cartagena de Indias, Don Alfonso Acosta Zúñiga ha encontrado en el cultivo de mangles no solo un sustento, sino también un proyecto de vida. Don Alfonso, un pescador y artesano de la vida, conoce a la perfección los entresijos de estos árboles tropicales, que crecen en aguas fangosas o salobres, y ha dedicado su esfuerzo a su preservación y cultivo.
Rodeado de agua marina, en su hogar, Don Alfonso despacha diferentes tipos de mangles: negro, rojo, amarillo y Zaragoza. Con ellos, no solo genera bienestar para su familia, sino que también contribuye significativamente a la preservación del medio ambiente.
El camino en el cultivo de mangles comenzó modestamente, con un pequeño vivero. Hoy en día, cuenta con tres certificados por Cardique, los cuales maneja junto a su esposa, Gloria. La disciplina y el arduo trabajo de esta pareja han permitido construir un futuro prometedor para su familia, vinculada al proyecto desde hace tres años. Además, han logrado generar empleo en la comunidad.
El inicio de esta empresa familiar se remonta a una pequeña compensación que recibieron del gobierno debido a la construcción del viaducto. Con esos recursos, Don Alfonso y su esposa cultivaron 10 mil plántulas de manglar, que fueron sembradas en los humedales y varias islas de la región. Así, el proyecto despegó y se transformó en un negocio que hoy día es casi una empresa consolidada.
«Cada mangle tiene un costo entre 1.500 a 2.500 pesos, es un negocio que con poca inversión económica genera mucha rentabilidad», asegura Don Alfonso, un hombre de piel morena, emprendedor y curtido por el sol. El proceso de cultivo requiere esfuerzo y dedicación: comienza con la recolección de semillas, que luego se preparan con tierra negra y agua salada en bolsas plásticas. En tres meses, las plántulas están listas para ser sembradas.

La jornada laboral de Don Alfonso y Gloria empieza a las 5 de la mañana con el riego de las plántulas. Según Don Alfonso, las canciones y el diálogo diario con las plantas las ayudan a crecer. Además de vender las plántulas, la pareja se encarga de sembrarlas y poblar los humedales, siguiendo un estricto protocolo de estudio y monitoreo de suelo.
Desde que comenzaron el proyecto, han vendido más de 70 mil plántulas a fundaciones y corporaciones que trabajan en la protección del medio ambiente. Para ellos, el orgullo de haber mejorado su calidad de vida es tan importante como su contribución a la preservación de los ecosistemas de manglar.
El proyecto no solo representa un modelo de sostenibilidad económica, sino también un ejemplo de cómo el compromiso con el medio ambiente y el esfuerzo familiar pueden transformar vidas.



