El 2022 ha dado sus primeros pasos con un contexto más que aciago para el bolsillo de los colombianos y del mundo. A los zarpazos que continúa lanzando el Coronavirus con continuas oleadas de contagios, se suma una escalada de precios imparables. La subida del salario mínimo parece ser una ilusión para esconder el insustentable costo de servicios, de la canasta familiar y el desabastecimiento de los productos.
En términos globales, de acuerdo a las últimas estimaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), la inflación regional fue de 9,3% en 2021 y sería de 7,8% en 2022. Este fenómeno se une a una precariedad laboral enquistada que castiga especialmente a las mujeres y a los jóvenes, al aumento de la pobreza, al enriquecimiento de unos pocos, el aumento de la desigualdad y de la inseguridad.
Todos estos elementos, entrelazados con el aderezo de la crispación ideológica de fondo y la incertidumbre adherida a esta emergencia sanitaria, provocan que la conocida ‘cuesta de enero’ no solo se presente más empinada que nunca, sino que se convierte casi en un muro. La gravedad es tal que, para muchos hogares, esta pendiente se ha cronificado hasta tal punto que ya no será posible escalarla en los meses siguientes, dado el endeudamiento que se arrastra desde la irrupción de la pandemia.
Así lo atestiguan quienes están al pie de las Cáritas parroquiales y de las demás plataformas sociales de la Iglesia, que ven cómo se están multiplicando los demandantes de ayuda para pagar la luz, el agua, los gastos del colegio, los alimentos básicos, la hipoteca o el alquiler.
Esta exclusión lenta pero sin tregua se ve silenciada por el ruido de los rifirrafes de unos políticos enredados en batallas ideológicas, pero con escasa capacidad de reacción para salir al rescate de las familias colombianas a corto, medio y largo plazo. Asistimos al triste espectáculo de pre-candidatos peleando por vallas publicitarias, por tweets insultuosos y con total ausencia de propuestas sobre lo que realmente preocupa a los Colombianos de a pie. Muchos de esos Colombianos caen en el cuento de los discursos de odio de quienes deberían ser ejemplo de cordialidad y debate cívico en un sistema democrático.
Desde marzo de 2020, con el primer confinamiento y, especialmente, a través de la encíclica Fratelli Tutti, Francisco viene denunciando que no puede existir excusas para acabar con esta espiral de desigualdad a la que aboca “el dogma de la fe neoliberal”. Solo cambios estructurales profundos, fruto del consenso, como la nueva reforma laboral respaldada tanto por empresarios como por sindicatos, podrán reconstruir un tejido social quebrado, que puede ser la antesala de una desafección ciudadana, como ya se está comenzando a palpar en las calles.
Si la variante Ómicron ha dejado en evidencia la falta de previsión de las administraciones públicas y la nula conciencia de que no se vencerá al Coronavirus sin acciones globales, esta cuesta de enero amenaza con perpetuarse si no se ponen las bases de una auténtica economía sostenible, que coloque en el centro a la persona y que recupere el sentido de la comunidad.



