Al escuchar la entrevista realizada al señor Rector de la Universidad Tecnológica de Pereira, Luis Fernando Gaviria, me quedó claro una cosa: o tiene miedo de represalias de un puñado de inadaptados o entonces vive en una harmónica complicidad con ellos.
Sin hacer ningún tipo de apología política, lo que sucedió ayer en la Universidad Tecnológica de Pereira es absolutamente inaceptable. Jamás un espacio de formación, aprendizaje y de libertades debe ser un lugar de violencia y de impedimento del ejercicio democrático.
La crispación política del momento es, sin lugar a dudas, uno de los grandes culpables de estos actos radicales perpetuados por una minoría que se impone con la violencia y amenazas a quienes, en su pleno derecho constitucional, desean debatir ideas, exponer sus propuestas y opiniones. La lucha entre los dos polos antagónicos ha llevado a un aumento de la violencia verbal, de las mentiras, del socavar la vida privada de unos y otros y destacar sus muy cuestionables actividades del pasado.
Un encapuchado es un cobarde, pues esconde su identidad, no da la cara a una confrontación honesta, sincera, transparente, pacífica, decorosa y dialogante. Utiliza la estrategia de la intimidación, de la amenaza y violencia para lograr sus fines.
Es muy preocupante que un rector los justifica amparándose al derecho de la libre expresión de los diferentes grupos que están presentes en los campus universitarios. Amo la libertad de expresión pero detesto todo tipo de violencia, sea contra quien sea cuando se trata del ejercicio democrático al cual cada ciudadano tiene el derecho a una opinión diferente, ser o apoyar ideología política diferentes a la mía o profesar o no una religión.
Uno de los efectos sobresalientes de la violencia revolucionaria ha sido estrechar la vida democrática de la Universidad, lo que supone afectaciones para la propia Institución, pero también para la sociedad en general. Si se concibe a la universidad como un escenario institucionalmente orientado a la producción de sociabilidades democráticas, los costos de la violencia revolucionaria en el campus universitaria adquieren una dimensión mucho más dramática y dictatorial.
Encontrándonos como nos encontramos en medio de un debate nacional sobre la crisis de la universidad pública o privada, y de otros temas de nuestra sociedad, quizás sea un momento adecuado para afirmar su vocación democratizadora como parte de su valor social. El momento histórico que atraviesa Colombia, denominado como “Posconflicto”, es una coyuntura crucial para consolidar la institucionalización civil, pacífica y democrática de la Universidad. Esta tarea exige el compromiso decidido de toda la comunidad universitaria en defensa de su vocación democrática, de cara a las amenazas externas y defenderla de todos aquellos que por medio de la violencia, venga de donde venga, quieren imponer sus ideologías. Debe ser claro en todos los estamentos educativos y universitarios el rechazo a la violencia y a los grupos que la fomentan. Todos deben cooperar para una Universidad sin violencia.



