Jamás el tiempo litúrgico de la Cuaresma ha sido tan fundamental en este clima social y mundial en que vivimos en los cuales se está imponiendo una real cultura de la muerte y del odio y en la cual está amenazada la paz mundial. El Papa Francisco varias veces se refirió a que estamos viviendo una 3ª guerra mundial en pedacitos, y ahora más que nunca parece tener toda la razón.
La invasión de Ucrania es una invasión a los derechos y libertades fundamentales, a la dignidad de todos, al contrario de lo que algún pre-canditado a la presidencia ideológicamente afirma. Por eso, nadie puede permanecer indiferente o impasible.
Es tiempo de comprometerse en defensa de la paz, desde la oración, la palabra y la acción. Rezando por y con el pueblo ucraniano. Clamando por el alto el fuego y los corredores humanitarios. Desde la acogida a los refugiados y el envío de donativos y ayuda humanitaria.
Pero también con una movilización real, afectiva y efectiva. Al estilo del Papa Francisco, que a su plegaria personal y colectiva y a la contribución de la diplomacia vaticana, sumó su implicación personal presentándose en la Embajada rusa ante la Santa Sede para reclamar el cese de la violencia, en una reacción inédita en la historia vaticana. Ojalá el aplauso a esta reacción papal sea un revulsivo para que cada cristiano tome nota y siga el ejemplo de su pastor. Porque la paz se juega, hoy más que nunca, en el compromiso que adquiera con ella cada uno.
Por eso tan importante este camino cuaresmal, que nos invita a encontrarnos con el rostro misericordioso de Dios en la reconciliación y en el perdón sin las cuales jamás habrá un paz real, verdadera y definitiva.
Las imágenes de los rostros de los adultos mayores ensangrentados, de los niños gritando, heridos y llorando, de las mujeres angustiadas y heridas, son el actual rostro de Cristo que sufre y que es maltratado en toda la humanidad donde haya conflictos, guerras y todo tipo de violencia.
No debemos cerrar los ojos y mucho menos nuestro corazón a la cruel realidad que vivimos en el mundo. La cuaresma tiene que ser la gran oportunidad del cambio desde la oración, la penitencia y el perdón. También debe ser la oportunidad de reparar el corazón de Dios y de María por tanta violencia.
Hace días decía que Dios no es sordo y escucha nuestros clamores, pero a veces Dios emerge en el silencio, no porque se despreocupe de nosotros, pero permite que ciertas situaciones sucedan en la vida y en la sociedad para que nos demos cuenta de que sin él no somos nada.
En este tiempo de Cuaresma queremos caminar juntos, como Pueblo de Dios en la dirección de la Paz, de la tolerancia, de la reconciliación y del perdón, asumiendo nuevos caminos de conversión social, cultural, ecológica y eclesial, para responder a los desafíos del mundo actual. Que Dios nos ayude.



