La celebración del tiempo Pascual que comenzamos el Domingo de Resurrección y que se extenderá durante cincuenta días, me invita a pensar en la incidencia que la Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret tiene en la historia y en la cultura actual.
Si realizamos una lectura detenida de la última semana de vida de Jesús veremos que en ella se repite una constante, esto es, la presencia de los gritos. ¿Qué son los gritos? A nivel de lo humano son formas de comunicarnos con el mundo. Nacemos llorando y gritando para pedir protección y comida. Gritamos cuando tenemos miedo, es por tanto un medio de supervivencia, hasta de protección. Pero también gritamos en las celebraciones movidos por la alegría. Gritamos ante el dolor, la muerte y la injusticia, como protesta ante el sin-sentido.
En los últimos años hemos visto que el grito está presente en la calle como protesta contestaría ante un sistema que ha levantado ídolos de egoísmo, lucro y éxito a costa de otro. Y hay gritos ante la falta de ética de personas e instituciones: el grito de los niños abortados, de los que mueren de hambre, de los líderes sociales asesinados, de los infanticidios, de los feminicidios, de las víctimas de las guerras y corrupción, de los desplazados por la violencia etc.
¿Qué significa el grito hoy? Socialmente la época actual está marcada por el descontento, por la indignación. Se pide respeto, igualdad, vivir de mejor manera. Se grita para que los que tienen en sus manos el poder de las naciones conviertan ese poder en servicio hacia los que viven en los márgenes. Como creyentes pedimos respeto a la vida que está por nacer, y así también debemos hacerlo en cada una de sus etapas.
En clave de fe debemos aprender a gritar de manera profética, así como lo hizo Jesús. Es más, creo que el mismo ¡Venga tu Reino! del Padre Nuestro representa el mayor de los gritos provocativos ante el orden vigente que desecha el mensaje del Evangelio de la Cruz que es necedad para algunos, escándalo para otros pero para nosotros es fuerza y sabiduría de Dios (Cf. 1 Cor. 1,23).
El silencio de Dios en la Cruz del Viernes es interrumpido el domingo con el Grito de la Resurrección que es comunicado por las mujeres antes que por los varones. Si el grito de la nueva vida que brotó del sepulcro vacío resulta algo nuevo y eterno, el que las mujeres lo anuncien primero es algo más revolucionario todavía. Las esperanzas se vuelven verdaderas ahora que el Maestro envía a los discípulos a Galilea para que el anuncio del Evangelio comience y se extienda hasta los confines de la tierra (Cf. Lc. 24,47).
Predicar la Resurrección hoy provoca que la Vida se imponga sobre la cultura de la muerte. Con Jesús tenemos acceso a una experiencia que supera la historia y nos devuelve la esperanza en que otro mundo sigue siendo posible. El tiempo pascual es el del grito litúrgico del Maranathá, ¡Ven Señor Jesús! (Ap. 22,20). Nuestra vida cristiana se ha articulado así entre gritos proféticos y esperanzas de resurrección. Feliz y bendecida Pascua para todos.



