Hoy 20 de julio celebramos La Independencia de nuestra sufrida y tan violentada Colombia, pero hoy tenemos una connotación que se acerca más a la descripción misma de lo que es la Independencia, estamos ante lo que podría denominarse un cambio en la dirección que por tantos años nos llevó a caminos que sabemos que no son los indicados para una sociedad como la nuestra tan diversa y desigual; estamos ante la restauración de un país que no ha logrado superar el Feudalismo.
Para lograr superar ese periodo oscurantista que nos envuelve, es preciso visualizar una Nación, con plenas libertades y derechos que sean eso, derechos y no privilegios; aludiendo básicamente a su historia, cultura, una economía sostenible y productiva, y sobre todo teniendo plena conciencia de que dicha Nación no alcanzará su máxima plenitud cultural, social o económica mientras continúe formando parte de un sistema arcaico y desenfocado, al que han pretendido sin argumento alguno llamar capitalismo.
La instalación del nuevo Congreso de la República, con unas mayorías enfocadas a los cambios que el mundo actual demanda, nos llena en parte de esperanza.
“Las nuevas generaciones no entran en la política (…) advierten que son extrañas totalmente a los principios, a los usos, a las ideas y hasta al vocabulario de los que hoy rigen los organismos oficiales de la vida española. ¿Con qué derecho se va a pedir que lleven, que traspasen su energía, mucha o poca, a esos odres tan caducos, si es imposible toda comunidad de transmisión, si es imposible toda inteligencia?” José Ortega y Gasset en su famosa conferencia del 23 de marzo de 1914 titulada Vieja y nueva política.
Está premisa fue real en nuestro país durante mucho tiempo, pero estos últimos años fue precisamente la juventud quien asumió el control y tomo decisiones sobre su propio futuro, cómo siempre ha debido ser.
Estamos ante un cambio de época y es lógico que reaparezcan o incluso se agudicen los sempiternos problemas de Colombia.
Son varias razones de peso para querer la transformación de la política en el país. La primera es que el actual sistema político no hizo sonar las alarmas cuando tenía que haberlo hecho, con fallos multiinstitucionales. Y cuando llegó la crisis, dentro de la permanente crisis que vivimos desde siempre fue incapaz de responder al reto de manera eficaz. El sistema no ha podido generar ni los nuevos proyectos nacionales que hubieran sido necesarios desde principios de siglo ni acuerdos políticos y sociales para realizarlos y lograr un rumbo por lo menos no tan inestable.
A los que defienden que hay que resolver la economía antes que la política hay que decirles que hoy es justamente la política la que impide resolver la economía al dificultar esos acuerdos y reformas que liberen el progreso en este país como nunca antes. Hay que renovar un sistema caduco en el que las fuerzas políticas y los interlocutores sociales se han apolillado. Para esas reformas hay que romper intereses creados contra los que chocan un Gobierno tras otro. Menos mal que muchas de estas reformas las impone o deroga el pueblo, que sigue siendo parte viva, fundamental y esencial de “la solución”.



