Este domingo 27 de noviembre comienza un nuevo año litúrgico. En las próximas cuatro semanas celebramos gozoso tiempo el Adviento, momento en el que, vigilantes, preparamos al corazón para la venida del Señor, para recibir al Verbo que se hace carne en un humilde portal y, así, habitar entre nosotros. Pero, ¿Cómo nos preparamos para recibir a Jesús esta Navidad? El tiempo “fuerte” de Adviento es un tiempo de conversión, un momento de profunda transformación, de vivenciar la misericordia infinita de Dios. Una de las mejores maneras para entrar de lleno en este precioso tiempo de vigilante y gozosa espera es a través de la oración.
La Navidad, así como la Pascua, son fechas litúrgicas muy importantes para la Iglesia. Es por esto que se dedican varias semanas a la preparación espiritual, para disponer nuestro corazón y acoger tanta gracia y bendiciones que el Señor quiere derramar en nuestras vidas.
La espera de la venida de Jesús debe traducirse, por tanto, en un compromiso de vigilancia. Se trata sobre todo de maravillarse de la acción de Dios, de sus sorpresas y de darle primacía. Vigilancia significa también, concretamente, estar atento al prójimo en dificultades, dejarse interpelar por sus necesidades, sin esperar a que nos pida ayuda, sino aprendiendo a prevenir, a anticipar, como Dios siempre hace con nosotros.
El Adviento es un tiempo de gracia. Nos dice que no basta con creer en Dios: es necesario purificar nuestra fe cada día. Se trata de prepararnos para acoger no a un personaje de cuento de hadas, sino al Dios que nos llama, que nos implica y ante el que se impone una elección. El Niño que yace en el pesebre tiene el rostro de nuestros hermanos más necesitados, de los pobres, que son los privilegiados de este misterio y, a menudo, aquellos que son más capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros.
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El Adviento es también el tiempo de la misericordia para tratar de dejar los caminos, cómodos pero engañosos, de los ídolos de este mundo: el éxito a toda costa, el poder a costa de los más débiles, la sed de riquezas, el placer a cualquier precio. Y de abrir sin embargo el camino al Señor que viene: Él no nos quita nuestra libertad, sino que nos da la verdadera felicidad. Con el nacimiento de Jesús en Belén, es Dios mismo que viene a habitar en medio de nosotros para librarnos del egoísmo, del pecado y de la corrupción, de estas estas actitudes que son del diablo: buscar éxito a toda costa, el poder a costa de los más débiles, tener sed de riquezas y buscar el placer a cualquier precio.
Cuántos desánimos, cuántas fragilidades, cuántas decepciones, cuántas caídas y cuántos momentos de rendirse a la hora del trabajo espiritual, apostólico y familiar no tienen otra fuente más que la falta de esperanza. La falta de esperanza es fruto de una falta de fortaleza que, al mismo tiempo, es el resultado de la carencia de perspectivas de cara al futuro, que es lo acaba por hundir al alma en sí misma y le impide mirar hacia el futuro, mirar hacia Dios.
Cristo es nuestra esperanza, ¿Qué me falta para alcanzarlo? Si la armonía de mi familia es mi esperanza, ¿Qué me falta para conseguirla? Si mi hijo necesita que yo le dé este o aquel testimonio, ¿Qué me falta para podérselo dar? La esperanza se convierte en aguijón, en resorte dentro del alma para que uno pueda llegar a obtener lo que espera.



