Aunque mi selección de Portugal esté en los cuartos de final al vencer con contundencia 6 a 1 a la selección Helvética, lo que se tenía que decir, tengo que escribirlo. Desde el 20 de noviembre y durante un mes, Qatar acoge el Mundial de Fútbol, que se ha convertido ya en el más caro de la historia, pues busca ser para el país una exhibición de músculo como motor de Oriente Medio.
Sin embargo, el costo ha sido letal para los más de 7.000 trabajadores migrantes que han muerto para sacar adelante las colosales instalaciones, amén de otros miles de explotados durante las obras y toda vulneración de los derechos humanos a través de la grandiosidad de un espectáculo que congregara a más 5.000 millones de personas frente a las pantallas.
Este maquillaje efectista y efectivo hace aflorar esa doble moral que lleva a dejar en el banquillo la dignidad de los más vulnerables mientras, supuestamente, conviven los loables valores que son inherentes a toda competición deportiva y que, en el caso del fútbol, hablan de espíritu de equipo, aceptación, amor y paz, superación, reconocimiento del otro, defensa de los Derechos Humanos y justicia Social.
Nadie niega el poder aglutinador del deporte rey para cualquier país en momentos de dificultad, su capacidad para convertirse en una válvula de escape ante la incertidumbre y la adrenalina que invita a soñar juntos. Sin embargo, esta legítima aportación no puede derivar en anestesia que lleve a ignorar el padecimiento de estos esclavos del siglo XXI. El disfrute de la mayoría no puede ser bajo ningún concepto la asfixia de unos pocos.
Lejos de mantenerse al margen, las plataformas sociales eclesiales llevan alzando la voz desde que se supo que el reino absolutista del Golfo Pérsico sería la sede. Pero los informes y las movilizaciones promovidas hasta hoy apenas han tenido eco y no han logrado frenar las agresiones y los abusos sufridos por los migrantes. Ni tan siquiera la mediación del Papa ante la FIFA, como promotora del evento, ha logrado un mínimo giro en defensa de estos hombres y mujeres oprimidos.
El mundo del deporte está sufriendo una revolución global pues el dinero (casi) todo lo puede. Se trata de un cambio patrocinado por los petrodólares, capaces de organizar nuevas competiciones paralelas a las clásicas, llevar torneos a países lejanos y sin tradición e incluso que un Mundial de fútbol se celebre en los meses de noviembre y diciembre y en un país donde se viola sistemáticamente los derechos humanos. Para las altas autoridades de la FIFA, no interesan los valores que unen la familia futbolística en estos certámenes, pero el dinero que corrompe toda la estructura.
Si algo ha demostrado la historia es que la conmoción del ser humano por el sufrimiento de sus iguales es selectiva. Cuando no se produce, suele deberse a la ignorancia, al desconocimiento de la situación y, fundamentalmente, a la deshumanización hacia el colectivo que lo padece, la falta de empatía de unas personas hacia sus congéneres con quienes han roto el vínculo de humanidad que les une. Nuestra indiferencia hacia el sufrimiento de estos ciudadanos sin rostro con quienes sentimos que poco tenemos en común avalará el abuso de este y otros Estados, sabedores de lo fácil que es comprar el silencio y la complicidad ante su barbarie. La deshumanización de estas personas, la atrocidades de otras muchas y la ambición desmedida de tantas nos han llevado hasta aquí, y nos hacen cómplices de tanto dolor y sufrimiento.



