Es primordial que el parlamento colombiano en la actual discusión sobre la reforma política, tome en serio una realidad socio-política, discusión que se empantana cuando los jefes añejos, en sus cómodas poltronas no dan un paso al costado y las conviertan en personalistas y por tal motivo han dado lugar a la proliferación de grupos políticos, que desean nuevos horizontes, dónde el Consejo Nacional Electoral (CNE) nos informa que contamos con un número de 35 con personería jurídica.
Ese elevado número de partidos está originado por el ‘transfuguismo’, que es una práctica normal en Colombia, muy a pesar de estar sancionada por la ley, pero normalmente éste suceso político se debe a que los que tienen credencial y piensan diferente a los de antaño se quieran acomodar en colectividades que más les favorezcan, y por supuesto, para sus intereses personales o políticos-ideológico-económico.
El caso también sucede cuando el ejercicio de dicha actividad se encuentra tipificada como empresa política-familiar, donde los que van dejando el poder por diferentes circunstancias licitas o ilícitas, se las van endosando a sus familiares más cercanos y como tal entendemos las razones para que el ‘transfuguismo’ no se ha incorporado a las normas existentes, cuando el Congreso sabe que se requiere para que los segregacionistas se den en la búsqueda de nuevos horizontes ante el decaimiento de los partidos tradicionales que sus líderes ancestrales los han convertido de su santa propiedad.
Colombia es un país político que vive de la política, ya no se esconden en las tradiciones raídas de liberales y conservadoras y han aparecido diferentes ideologías de izquierda, centro, de derecha, religiosas, comunales, verdes, de oxígeno, los amplios, los de dignidad, los de la paz, anticorrupción, los de gente en movimiento, en fin, para todos los gustos, claro está que muchos de ellos desaparecerán por no obtener representación en votos, ya que los partidos tradicionales, a pesar del poder centralizado en los cuchos que sabemos, están mejor organizados, con una estructura sólida que les da cierta seguridad en mantener el respaldo electoral permanente, mientras los partidos efímeros se especializan en facturar, dejando a un lado la organización.
Muchas preguntas nos hacemos los colombianos, ¿…que tanto pelean los directores de los partidos para perpetuarse en el poder político-económico…? ¿o será que el “gusanillo del poder” los carcome de tal dimensión que se les olvida el servicio social de los partidos sin importar el desmejoramiento con sus electores?
Cuando van apareciendo esos partidos, indica a la luz que tantos rojos, como azules y los otros desteñidos, están rezagados en la historia, han fallado y no han cumplido con su verdadera función social y su plataforma ideológica no conjuga con las necesidades de una población ávida de cambios y en consecuencia serán castigados en las urnas y florecerán los nuevos actores políticos
Muchas respuestas que por supuesto nos llevan a conclusiones empíricas. ¿Será que defienden la concepción política? ¿O defenderán sus ideales partidistas? Algo hay en el “canto de la cabuya” cuando no “quieren soltar la teta” y perduran en los cargos de dirección de los partidos tradicionales y por supuesto quieren seguir manejando las riendas del poder, cuando parece no haber entendido que la verdadera función de un dirigente es la de ser un excelente ex dirigente
Ya estamos a las portas de las elecciones del próximo 29 de Octubre del 2023, y seguimos observando como a algunos políticos de provincia les gusta que los ensalcen y alaguen, les soben la chaqueta, y sin títulos les gusta que le digan Docto o Patrón y entre más grande sea el carro de campaña, ese ese es el poderoso, si andan en Twingo y con reloj Casio, ese no es el mejor político, y cuando han cambiado de partido, entre ellos, coloquialmente, se lanzan epítetos cariñosos… “compadre…pegaste el salto del tigre”, aludiendo al desempeño sexual extraordinario que raya en la bestialidad.
El salto del tigre, a más de ser una fantasía sexual, y la volatilidad política deben ser una forma elegante para eliminar la antigobernanza e involucrarse de una vez en una verdadera gobernanza.



