En Colombia, el 56% de las personas vive de la economía informal, conocida como “el rebusque”. Esta realidad, lejos de conmover a la clase política, ha sido aprovechada como una herramienta para perpetuar el clientelismo. Los políticos reparten migajas mientras escalan en sus carreras, dejando a los más vulnerables atrapados en un círculo de dependencia.
Los pobres, acostumbrados al maltrato cotidiano, han visto sus derechos reducidos a promesas vacías. Sus comunidades no progresan porque no exigen las obras prioritarias que deberían liderar sus gobernantes. La falta de organización y empoderamiento perpetúa el abandono.
En Sincelejo, la administración del alcalde Yair Acuña Cardales ejemplifica esta problemática. Su gestión parece centrarse más en repartir dinero que en construir desarrollo. Gran parte de la población, conformada por el 70% de los habitantes, lo apoya debido a las ayudas económicas que distribuye, mientras las obras brillan por su ausencia. Los parques, llenos de adornos navideños, desvían la atención de los problemas estructurales, y el flujo de dinero pasa por manos de mototaxistas y propagandistas, fortaleciendo su imagen de “buen gobierno”.
Mientras tanto, barrios como Venecia y Los Alpes, junto a las periferias más olvidadas, permanecen en silencio. No se cuestiona, no se exige. Es inaceptable que una administración pública se limite a repartir limosnas, que no contribuyen al verdadero progreso ciudadano.
Este panorama contrasta con la gestión de Maurice Armitage, empresario caleño y fundador de la Siderúrgica de Occidente. Desde sus fundaciones, Armitage trabajó incansablemente para recuperar el tejido social en las zonas más vulnerables de Cali. En 2015, decidió entrar en política, ganó la alcaldía y se convirtió en la voz de los invisibilizados: los trabajadores informales y quienes sobreviven con el salario mínimo.
Armitage, en cada foro empresarial o político, hacía un llamado a los empresarios y ricos del país: “Es hora de cambiar de actitud. Debemos preocuparnos por el bienestar de nuestros trabajadores”. Su modelo empresarial es un ejemplo de inclusión, donde hasta quienes reparten tintos ganan más de tres millones de pesos al mes. Para él, el capital humano era el eje fundamental de la prosperidad.
Desde esa perspectiva, es necesario replantear el modelo político y administrativo de ciudades como Sincelejo. El desarrollo no puede reducirse a promesas temporales ni a limosnas que perpetúan la dependencia. Se requiere liderazgo con visión, compromiso con las obras públicas y una apuesta real por el progreso ciudadano. Sincelejo merece algo más que migajas. Merece un futuro.



