En el departamento de Sucre, el olvido parece ser un denominador común, desde las autoridades hasta el ciudadano más humilde. Un ejemplo claro es el caso del edificio de la Lotería La Sabanera, un «elefante blanco», ubicado en pleno centro de la ciudad, que simboliza el abandono en que tienen esta capital. Solo esta semana, la Asamblea Departamental aprobó el proyecto de ordenanza que autoriza a la gobernadora Lucy García Montes a liquidar esta Lotería, que quebró hace varias décadas.
En Sucre, tierra del inmenso Fortunato Chadid, compositor del himno departamental, parece que los gobernadores olvidan pronto el propósito de su elección. Muchos se dedican a viajar constantemente a Bogotá, sin resultados claros para el departamento. Mientras tanto, Sucre sigue detenido en el tiempo.
No obstante, hay raras excepciones. Exgobernadores como Roberto Samur se destacaron al adquirir un lote de la Federación de Ganaderos de Sucre para construir la sede administrativa, diseñada por el arquitecto Arturo Hernández. Edgar Martínez Romero hizo construir la carretera de Las Tablitas y los ramales hacia Berrugas y Rincón del Mar. Por su parte, Héctor Olimpo Espinosa Oliver, con el programa Sucre Escucha, logró recuperar parte del deteriorado tejido social y liberar a muchos jóvenes del consumo de alucinógenos.
Sin embargo, las gobernaciones tienen un radio de acción limitado, lo que restringe su autonomía y capacidad para diseñar proyectos de desarrollo. Gran parte de los recursos se destinan a la burocracia y a la nómina de los maestros, dejando pocas posibilidades de inversión en infraestructura o bienestar social.
Si Colombia reconsiderara su organigrama administrativo, las gobernaciones podrían desaparecer, especialmente en Sucre, donde, paradójicamente, el municipio maneja más recursos que el mismo departamento. Estamos en un país donde hay más Estado que territorio, y el exceso de burocracia actúa en detrimento del desarrollo.
Los gobernadores, en la práctica, tienen poca incidencia en los municipios y carecen de autoridad ante los alcaldes. El destino de los departamentos es desaparecer, llevándose consigo a las Asambleas Departamentales, cuyos aportes tampoco han demostrado ser significativos para el avance de las regiones.



