No hay derecho a que los depredadores hayan tenido el atrevimiento de traicionar la esperanza de nuestros abuelos campesinos y pescadores, quienes soñaron con que, algún día, la bella villa de Tolú, Sucre, se transformaría en un verdadero puerto turístico.
Con el transcurrir del tiempo, pasamos de las calles de arena blanca en las que jugábamos de niños a calles de cemento; de las casas de bahareque a las de tejas de eternit y cielo raso, en un intento por estar a tono con la civilización. Los turistas antioqueños, atraídos por las cálidas y azules aguas marinas y la belleza de los manglares del Golfo de Morrosquillo, comenzaron a colonizar las playas de Francia y las del entonces corregimiento de Coveñas. Se generó entonces una gran expectativa: parecía el inicio del desarrollo anhelado por los abuelos.
Pero llegaron las regalías con la construcción del oleoducto Caño Limón–Coveñas en 1986, operado por Ecopetrol. Así comenzó una bonanza económica que, de haber sido bien aprovechada por los alcaldes, habría convertido hoy a Tolú en un pueblo próspero y atractivo. Sin embargo, la historia fue otra. Los políticos y alcaldes, como aves de rapiña, se apropiaron de ese patrimonio: las regalías petroleras. Dejaron a Tolú sin un buen acueducto, sin un alcantarillado digno y sin oportunidades de desarrollo. Mientras tanto, las playas frente al casco urbano fueron erosionándose hasta desaparecer. ¿Y las regalías? Se transformaron en camionetas de lujo, fincas ganaderas y mansiones en Sincelejo.
En un momento de lucidez, el pueblo decidió elegir como alcalde a un cura de apellido Chadid, quien había llegado de San Onofre, la tierra del gran poeta Geovanny Quessep, otro municipio congelado en el tiempo. Pero el padre Chadid colgó los hábitos, se olvidó de Dios y de Jesucristo, y dejó al municipio sumido en la desesperanza. Cuando quiso regresar a la parroquia, el obispo de Sincelejo, José Cipriano Clavijo Méndez, le negó la entrada por los pecados que había cometido y lo mandó a confesarse.
No me atrevería a decir que el pueblo de Tolú ha tenido mala suerte con sus alcaldes. En la elección popular, los ciudadanos tienen el poder de decidir y elegir a un toludeño respetable, honesto y con sentido de pertenencia, requisitos básicos para una buena administración.
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Hay alcaldes que creen que construyendo un malecón van a atraer turistas. Están convencidos de que pueden reemplazar las aguas azules y diáfanas del Morrosquillo y el canto de las olas marinas con un pedazo de concreto. Si el pueblo no despierta a tiempo y no se apropia de lo que le corresponde como ciudadanos honrados, seguirán viendo cómo el presupuesto se dilapida y jamás se ejecutará el plan de desarrollo.
Con el actual alcalde, que parece invisible, Tolú ha seguido involucionando aceleradamente. Y esto ocurre justo cuando el municipio se apresta a celebrar 490 años de existencia.
Ya murieron los abuelos campesinos y pescadores que soñaron con que el relevo generacional, formado en diferentes universidades, hiciera el trabajo: modernizar Tolú. Pero la corrupción es una enfermedad que se contagia como el dengue y, en Santiago de Tolú, no tiene cura.



