La llamada “gente de bien” debería comportarse a otro nivel. Se espera de ella una actitud ejemplar, especialmente cuando posee poder político o grandes riquezas. La humildad no está reñida con la alcurnia; por el contrario, la enaltece y resalta lo que aún queda de humanidad en quienes la practican.
Pero lo que ocurrió en Semana Santa en las playas del Francés, en el Golfo de Morrosquillo, contradice todo sentido de decencia y respeto colectivo. Jorge Eduardo Vesga Carreño, director ejecutivo de la Administración Judicial de Bucaramanga y propietario de una casa en esta exclusiva zona, recibió el Viernes Santo a más de 30 invitados desde las 5:00 a. m. Instalaron un potente equipo de sonido con música electrónica de letras vulgares, la cual retumbó durante más de 25 horas seguidas, acompañada de consumo de licor y presuntamente sustancias psicoactivas.
La fiesta, escuchada a más de 300 metros a la redonda, fue denunciada en tres ocasiones por los vecinos. Sin embargo, ni la presencia reiterada de la Policía logró ponerle freno. Varios residentes hablaron de turismo sexual y consumo abierto de drogas —todo en medio de una comunidad tradicional que ha acogido con afecto a visitantes, y que hoy se siente violentada en su tranquilidad y su dignidad.
¿Qué pensará de esto el alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, quien ha sido invitado por este mismo personaje a su casa en la playa del Francés?
Lo más grave es que no se trata de un caso aislado. El año pasado, otro propietario de casaquinta enfrentó una situación similar: 40 personas llegaron con DJ, parlantes gigantes y drogas consumidas sin pudor frente a familias y turistas.
Santiago de Tolú y Coveñas han sido reconocidos por sus playas seguras y cristalinas. Preservarlas no depende solo de las autoridades, que parecen no tener mecanismos efectivos de control, sino de una cultura ciudadana que debe alzarse contra estos abusos.
Un grupo de vecinos ha instaurado una denuncia penal ante la Fiscalía General de la Nación contra Jorge Eduardo Vesga Carreño. Las fiestas desbordadas, el consumo de drogas y las prácticas sexuales en público están deteriorando gravemente la imagen turística de este paraíso. Es hora de que el alcalde de Tolú, su Secretaría del Interior y CARSUCRE se pronuncien. Que no sigan amparando con su silencio a esta supuesta “gente de bien”, que en realidad actúa como una plaga para la convivencia.



