La diplomacia, como la economía y la política interior, exige rigor, seriedad y visión estratégica. Colombia, históricamente, ha mantenido una relación de cooperación esencial con Estados Unidos, cimentada en compromisos mutuos sobre seguridad, economía y lucha contra el narcotráfico. Hoy, esa relación pende de un hilo, amenazada no sólo por diferencias políticas, sino por una preocupante falta de resultados concretos en materia de cultivos ilícitos y cooperación bilateral.
El reciente ultimátum de John McNamara, encargado de negocios de la embajada de EE. UU. en Colombia, al presidente Gustavo Petro es un campanazo que no se puede ignorar. «No hay más tiempo para hablar, es hora de presentar resultados», afirmó McNamara, visiblemente impaciente ante un Gobierno que parece más dispuesto a confrontar que a cooperar.
Las cifras son irrefutables. Según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Unodoc), Colombia cuenta actualmente con 253.000 hectáreas de coca sembradas, una cifra que, lejos de disminuir, se ha mantenido o incluso incrementado en los últimos años. Ante semejante realidad, el discurso oficial, que tiende a minimizar o reinterpretar los datos, se convierte en una forma peligrosa de negacionismo.
A esta grave situación se suma el lamentable episodio en el que el presidente Petro insinuó que le habían cancelado su visa estadounidense, hecho que fue rápidamente desmentido. Estos episodios no sólo revelan un manejo imprudente e irresponsable de la información, sino también un estilo de comunicación oficial que parece más interesado en generar confrontación política que en construir puentes diplomáticos.
El distanciamiento entre Bogotá y Washington ha tenido episodios aún más delicados. No es un secreto el choque entre Petro y la secretaria de Seguridad estadounidense Kristi Noem, quien acusó al mandatario colombiano de hacer ataques gratuitos contra el Gobierno Trump y de elogiar al grupo criminal ‘Tren de Aragua’. Tales declaraciones, que fueron desmentidas por el mandatario (pero como lo conocemos tanto, pudo haber sido y hasta mucho peor), no sólo fueron imprudentes, sino irresponsables en el contexto internacional actual.
Ahora bien, ¿qué está en juego? La descertificación de Colombia como socio en la lucha contra el narcotráfico tendría consecuencias gravísimas. Según analistas, podría significar la pérdida inmediata de hasta el 50% de la ayuda económica proveniente de Estados Unidos. Pero el daño no se detendría ahí: el acceso a créditos internacionales se vería restringido, se podrían imponer sanciones a sectores estratégicos como la banca y el comercio, y se perderían privilegios en acuerdos comerciales, además de cortar valiosa cooperación en inteligencia y lucha contra el terrorismo (esa es la crisis que busca Petro, para desestabilizar aún más al país y buscar perpetuarse en el poder en el 2026)
La miopía de quienes hoy lideran la política exterior de Colombia es alarmante. No se trata de renunciar a la soberanía ni de someterse a intereses externos, sino de entender que la diplomacia se basa en resultados, en hechos verificables y en el cumplimiento de compromisos adquiridos. La narrativa heroica de la «ruptura» con Washington puede sonar atractiva para ciertos sectores ideológicos, pero en la práctica significa aislar al país, debilitar su economía y poner en riesgo la seguridad de millones de colombianos.
La lucha contra el narcotráfico no puede ser vista únicamente como un problema de Estados Unidos. Es, ante todo, un problema de Colombia, que afecta la vida diaria de sus ciudadanos, su institucionalidad y su futuro. Negarse a asumir esa responsabilidad, bajo el pretexto de soberanía o de un nuevo paradigma político, es una forma peligrosa de irresponsabilidad (Pero, opino: si hay rumores de la adicción del presidente a las drogas, como podemos esperar una posición objetiva y coherente contra las mismas, ya lo hemos visto defendiendo la legalización de la Marihuana y la coca en ocasiones anteriores)
No me cansaré de repetir: Hoy más que nunca, Colombia necesita un liderazgo serio, comprometido y consciente del delicado equilibrio internacional. No podemos seguir improvisando en política exterior ni jugando con intereses que van mucho más allá de la retórica política interna. Las consecuencias serían devastadoras y, lo peor de todo, serían pagadas no por quienes hoy ostentan el poder, sino por las generaciones futuras.
El tiempo para rectificar se agota. El 15 de septiembre está a la vuelta de la esquina. Y la historia no perdonará a quienes, por orgullo o por ineptitud, pusieron en peligro el destino de toda una nación.



