“Creo que nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven.”
José Saramago
Sincelejo, capital del departamento de Sucre, atraviesa una crisis económica sin precedentes. Es una ciudad estigmatizada por la falta de liderazgo político y empresarial, donde la indiferencia parece haberse normalizado.
Recientemente, los comerciantes expusieron ante la Asamblea Departamental la difícil situación que enfrentan. Edre Alzate, un antioqueño que llegó a Sincelejo y se enamoró de esta tierra, fue uno de los más contundentes: afirmó que ha tenido que cerrar tres de sus cinco negocios, que hay edificios abandonados y que más de 300 locales han cerrado sus puertas. No se ha ido solo por el amor que le tiene a esta ciudad… un amor que, paradójicamente, parece mayor que el de muchos nativos.
Empresas importantes como Postobón, que generaba empleo para más de 200 personas, se marcharon por la falta de agua potable. También se fue Flamingo, tras invertir más de 20 mil millones de pesos.
La crisis de Sincelejo se ha profundizado con los años, bajo la miopía de la Cámara de Comercio y de una clase política insensible. Se han propuesto muchos proyectos, pero casi todos han terminado en frustración. Se habló de una Zona Metropolitana junto a Corozal y Morroa, y de una Zona Franca que conectara a Sincelejo con el mar.
En 2018, el exalcalde de Barcelona, Jordi Hereu, vino a la ciudad invitado por Planeación Nacional como parte del Proyecto Diamante Caribe, que buscaba transformar la región en un motor inteligente de desarrollo. Presentó ideas innovadoras bajo el enfoque de ciudades sostenibles, pero todo quedó archivado en los escritorios de las alcaldías.
Mientras tanto, la gente observa la decadencia con una mezcla de resignación y conformismo. En tertulias matinales en el centro comercial Guacarí, algunos ciudadanos —incluidos exgobernadores— comparan tristemente a Sincelejo con Montería: una ciudad con transporte público organizado, ecoparques como la Ronda del Sinú, modernas edificaciones y avenidas amplias.
En Sincelejo, ni siquiera hay transporte público operativo, aunque más de 20 busetas esperan en un parqueadero para ser usadas. El mototaxismo ha cambiado la mentalidad del ciudadano: tres personas que van al mismo lugar prefieren pagar tres motos antes que tomar un taxi más económico. Y lo peor: la mayoría de las motos no tienen papeles al día, ni sus conductores licencia.
La falta de autoridad y de voluntad política ha permitido este caos. Si se aplicaran las normas con firmeza, el 70% de las motos saldrían de circulación. Pero para lograrlo hace falta algo más: educación, cultura ciudadana y planificación.
Sincelejo necesita reactivar el transporte público, construir una terminal de pasajeros y fomentar la cooperación entre taxistas, mototaxistas y conductores particulares. Solo así será posible tener una ciudad amable, con orden y con futuro.
Porque el verdadero atraso de Sincelejo no está en sus calles rotas ni en los negocios cerrados, sino en la resignación de sus habitantes y en la ceguera de quienes tienen el poder de cambiar la historia.



