La escena fue breve, pero suficiente para mostrar el alma del poder: un presidente que, rompiendo protocolo y sin asomo de elegancia política, interrumpe la intervención del presentador para decir, sin anestesia, que “ya el que se fue, se fue” y que “debe hablar es el nuevo reemplazo”. ¿A quién despachaban con semejante rudeza? A Gustavo Bolívar, el más fiel escudero del petrismo, el hombre que ha sacrificado prestigio, credibilidad, carrera y hasta vergüenza por seguirle el paso al líder de la “Colombia Humana”.
Ocurrió el 8 de mayo de 2024, en Santa Marta, durante un evento del programa “Gobierno con los barrios populares” en el Polideportivo Sur. Petro hablaba del acceso al agua potable, cuando interrumpió el acto para reprender públicamente al entonces director del Departamento de Prosperidad Social, Gustavo Bolívar, con un tono seco y condescendiente. Lo que debió ser un homenaje a la gestión saliente terminó en una humillación pública. Ni una palabra de gratitud, ni una mención honorable. Solo el desprecio presidencial que convirtió a Bolívar en un simple mueble viejo que se saca sin ceremonias.
Pero esta no fue la primera vez. En marzo de 2025, durante un Consejo de Ministros transmitido en vivo, Petro también lo interrumpió de forma grosera, desacreditando su planteamiento sobre los subsidios para mejoramiento de vivienda en el Cauca. Ya entonces muchos intuyeron que la luna de miel ideológica entre ambos empezaba a resquebrajarse. El problema es que Bolívar, como buen enamorado político, no lo quiso ver.
Ni siquiera en las telenovelas que escribía Bolívar se hubiera permitido un personaje tan trágicamente patético. Uno que, en cadena nacional, se atrevió a confesar su amor por el presidente (sí, amor), en medio de lágrimas y elogios desbordados. Pero en la vida real, el guion es más cruel: Petro no solo no lo abrazó, ni siquiera lo dejó hablar. Le cortó el alma en vivo y en directo, como quien espanta a un perro viejo que ya no le sirve para ladrar.
¿Qué estará pensando Gustavo Bolívar en este momento? ¿Estará llorando en su sofá revolucionario? ¿Recordará aquellas noches de conspiración política entre cafés y arengas, cuando juró defender al líder hasta la muerte? ¿Estará asustado, confundido, sintiéndose como un niño al que le apagaron la vela antes de soplarla? ¿O simplemente estará experimentando el vacío que deja darse cuenta de que uno fue útil, pero jamás valioso?
La respuesta quizás esté en la historia del petrismo, una que no conoce de afectos reales sino de utilidades transitorias. Bolívar fue útil para incendiar la narrativa, para alimentar la ficción de una revolución que nunca existió, para atacar a la prensa, insultar a las instituciones, y para justificar lo injustificable. Fue el escudero perfecto, el tuitero furioso, el poeta de la polarización, el libreto andante del populismo. Pero ya cumplió su ciclo. Y en este gobierno, como en los regímenes que tanto admiran, cuando ya no sirves, te echan. Sin aplausos. Sin créditos finales.
El problema no es solo la manera en que Bolívar fue tratado, sino lo que eso revela del talante presidencial. Petro no se permite competencia en el escenario, ni siquiera de sus aliados más fervientes. La imagen de Bolívar siendo marginado es también la de los ministros que callan, los congresistas que agachan la cabeza, los técnicos que abandonan el barco. Es el retrato de un gobierno donde el culto al ego aniquila cualquier proyecto colectivo.
Y mientras Gustavo Bolívar digiere el trago amargo de haber sido desechado en público, el país presencia otra señal de descomposición. No hay espacio para la institucionalidad, ni para la gratitud, ni para la decencia política. Solo hay lugar para la improvisación autoritaria, el desprecio disfrazado de liderazgo, y la soberbia de un presidente que parece sentirse más cómodo entre los aduladores silenciosos que entre los amigos ruidosos.
Lo triste es que Gustavo Bolívar aún puede justificar el desplante. Tal vez esta noche, en su próxima columna o en su próximo trino, se invente una teoría sobre el “golpe blando” que no le permitió hablar. O tal vez diga que todo fue parte de una estrategia para resaltar al nuevo vocero del gobierno. Lo peor que podría pasar es que, como el personaje de sus novelas, se convenza de que su dolor es noble, necesario y redentor. Que el desprecio es prueba de su lealtad. Pero la verdad, Gustavo, es otra: así le paga el diablo a quien bien le sirve.



