Han pasado 31 días, pero para Lucy Díaz, madre de Tatiana Hernández, el tiempo se ha detenido. No come bien, no duerme desde que comenzó esta pesadilla, y no hace otra cosa que preguntarse lo mismo una y otra vez: ¿Dónde está mi hija? ¿Quién la tiene? ¿Qué le estarán haciendo?
Este martes, al cumplirse un mes de la desaparición de Tatiana, la ciudad de Cartagena fue testigo de otra velatón cargada de dolor, rabia y preguntas sin respuesta. Frente a Las Tenazas, decenas de personas se congregaron con velas encendidas, flores amarillas y pancartas que gritaban verdades que las autoridades prefieren ignorar: “Cartagena no es segura para las mujeres”.
Tatiana, estudiante de medicina oriunda de Bogotá, desapareció el 13 de abril. Fue vista por última vez contemplando el mar Caribe, sobre la avenida Santander. Desde entonces, su madre libra una batalla que debería estar encabezando el Estado: la de buscarla. Pero Lucy ha tenido que hacerlo sola, con los pocos recursos que tiene, con el apoyo de madres que también arrastran su propio duelo, como las de Alexandrith Sarmiento (desaparecida en 2021) y Karina Cabarcas (desaparecida en 2011).
Lucy está desgastada, pero no vencida. En medio de la manifestación, su voz quebrada retumbó más fuerte que cualquier bocina de turista o canción callejera del Centro Histórico: “A los que la tienen, que por favor se pongan la mano en el corazón, porque no tienen a un instrumento, sino a un ser humano que merece la libertad”.
Y luego, la denuncia que incomoda, la verdad que duele: “Si las autoridades se duermen, se la van a llevar por no poner gente que realmente ayude en la búsqueda física de mi hija”.
Las palabras de Lucy son un grito desesperado, pero también un acto de valentía. Porque, mientras Cartagena de Indias sonríe para los visitantes, en sus entrañas laten historias como la de Tatiana: mujeres desaparecidas sin respuestas, sin justicia, sin prioridad.
Esta fue la cuarta manifestación por Tatiana. En cada una, se suman más voces, más nombres, más historias. Y la constante es la misma: la inoperancia del Estado.

La marcha culminó en la Plaza de la Paz, justo al pie de la Torre del Reloj, epicentro del turismo. Allí, en contraste con la alegría de los visitantes, la vigilia ciudadana fue un recordatorio de que no todo lo que brilla en Cartagena es oro. A veces, es una vela encendida por una hija que no regresa. A veces, es una madre rota que exige, que suplica, que no se rinde.



