Quiero cantar a tus ojos, porque son negros como mi piel. Quiero acariciar tus cabellos, porque son como los míos. Ser negro para mí es un privilegio que el Divino Creador me concedió. A lo largo de mi vida he contemplado con orgullo el potencial de una etnia que no puede pasar desapercibida en ningún lugar del universo.
Recuerdo con emoción la humillación que el atleta Jesse Owens le propinó al dictador Adolf Hitler en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. En la prueba de los 100 metros planos, Owens —negro, estadounidense— venció a todos los corredores blancos. Hitler abandonó el estadio sin saludar al campeón, porque ese momento derrumbó su absurda idea de una “raza superior”.
Los negros somos más del 30% de la población en América Latina. Hemos logrado sobreponernos a siglos de esclavitud, pobreza, analfabetismo, racismo y exclusión del poder político. A pesar de todo, seguimos de pie.
Hemos encontrado en el deporte y en las artes herramientas para conquistar espacios en una sociedad que muchas veces nos ha sido hostil. De nuestra etnia han surgido gigantes como Martin Luther King Jr., quien el 28 de agosto de 1963 pronunció su famoso discurso: “I have a dream”. Soñaba con un mundo donde no fuéramos juzgados por el color de nuestra piel, sino por la grandeza de nuestras acciones.
En Colombia también hemos tenido voces poderosas. El médico y escritor Manuel Zapata Olivella, nacido en Lorica (Córdoba), exaltó con orgullo la identidad negra en obras como En Chimá nace un santo, Chambacú, corral de negros y Tierra mojada. Fue cónsul en Trinidad y Tobago, y murió convencido de algo esencial: era negro, no afrodescendiente, porque en su época ese término aún no existía.
Viví en Berrugas, corregimiento de San Onofre, Sucre. Allí, a los negros adinerados les decían “blancos”, y las abuelas les repetían a sus nietos que debían “mejorar la raza” casándose con personas blancas. Era un eco del racismo interiorizado, pero hoy muchos sabemos que no hay raza que mejorar: ya somos dignos tal como somos.
La historia ha dejado en evidencia nuestra grandeza. Basta mirar el deporte: Kid Pambelé, campeón mundial de boxeo; Rodrigo Valdés, quien venció al invencible Carlos Monzón; Miguel “Happy” Lora, Jorge Eliécer Julio, Bernardo Caraballo. En el béisbol, Edgar Rentería, campeón de la Serie Mundial con los Marlins. En el atletismo y pesas, María Isabel Urrutia y Caterine Ibargüen, campeonas olímpicas.
Gracias a la fortaleza física, al talento y a la disciplina de muchos deportistas negros, Colombia hoy es considerada la tercera potencia deportiva de América Latina (después de Cuba y Brasil) y la quinta en el continente americano.
El boxeo, el béisbol, el fútbol y el atletismo son escenarios donde los negros han brillado con luz propia. Pero más allá del músculo, también hemos conquistado espacios en la política, la literatura, la ciencia y la educación. Esa es la senda que seguiremos recorriendo. Yo no soy afrodescendiente. Soy negro. Y me siento orgulloso de serlo.



