Colombia amanece conmocionada tras el atentado sicarial contra el senador y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay, ocurrido la tarde del sábado durante un mitin en el parque El Golfito, en el occidente de Bogotá. El político del Centro Democrático fue impactado por tres disparos —dos en la cabeza y uno en la pierna— mientras se dirigía a sus simpatizantes.
El ataque ocurrió alrededor de las 5:00 p.m., cuando un menor de entre 14 y 15 años se acercó sigilosamente y disparó por la espalda utilizando una pistola Glock. La reacción inmediata del esquema de seguridad de Uribe evitó una tragedia mayor. El agresor fue neutralizado y capturado en el lugar, y ya se encuentra bajo custodia. No se han revelado aún los posibles autores intelectuales ni las motivaciones detrás del atentado.
Además de Uribe, al menos dos personas más resultaron heridas durante el intercambio de disparos, pero hasta ahora no se han precisado sus identidades ni su estado de salud.
Tras el ataque, el senador fue llevado inicialmente al Centro Médico Engativá, donde fue estabilizado, y luego trasladado de urgencia a la Clínica Santa Fe, donde fue sometido a complejos procedimientos neuroquirúrgicos y vasculares. Su estado sigue siendo crítico. Su esposa, María Claudia Tarazona, expresó a través de redes sociales: “Miguel salió de cirugía y está luchando por su vida”.
El hecho desató una ola de indignación nacional e internacional. El presidente Gustavo Petro suspendió una gira oficial y convocó un Consejo de Seguridad extraordinario, mientras que el ministro de Defensa, Pedro Sánchez, anunció una recompensa de 3.000 millones de pesos por información que conduzca a los responsables.
Desde Washington, el secretario de Estado Marco Rubio calificó el atentado como “una amenaza directa a la democracia” y pidió moderación en el discurso político colombiano. Por su parte, los presidentes de Chile y Ecuador manifestaron su solidaridad con la familia Uribe y con el pueblo colombiano.
La clase política nacional también se pronunció de manera unánime en contra del atentado. Desde figuras del Centro Democrático hasta miembros de partidos de oposición, el mensaje fue claro: no hay espacio para la violencia en la contienda electoral.
El atentado revive las heridas del pasado. Muchos lo comparan con el magnicidio de Luis Carlos Galán en 1989, uno de los episodios más dolorosos de la historia política colombiana. La figura de Miguel Uribe, además, tiene una carga simbólica adicional: es hijo de la periodista Diana Turbay, secuestrada y asesinada en 1991 durante un operativo fallido mientras estaba cautiva por investigar a Pablo Escobar.
- Tambien puede leer: OPINIÓN | El atentado a Miguel Uribe y el fantasma del terror político
Este ataque no solo pone en jaque la seguridad de los candidatos en medio de la campaña presidencial de 2026, sino que también plantea una pregunta urgente sobre el futuro de la democracia en Colombia. ¿Está el país regresando a los tiempos oscuros en los que las balas intentaban callar las ideas?
Hoy, la nación espera una sola respuesta: justicia. Y, sobre todo, garantías reales para que ningún colombiano tenga que temer por su vida al ejercer su derecho a participar en política.



