El reciente atentado sicarial contra el senador y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay ha sacudido el panorama político nacional y nos obliga a mirar con preocupación el rumbo que está tomando el debate ideológico en Colombia. Este ataque no solo atenta contra la vida de un líder político, sino también contra los pilares de la democracia misma, al intentar silenciar una voz por medios violentos. Es, sin duda, un golpe a la institucionalidad, pero también un reflejo de las profundas divisiones que, una vez más, amenazan con desgarrar el tejido social de nuestro país.
En medio de una campaña que se avecina cada vez más polarizada, y con un ambiente político en el que el debate ha dado paso a la estigmatización, este atentado marca un punto de quiebre. No importa si se simpatiza o no con las ideas del Centro Democrático: lo que está en juego no es una preferencia partidista, sino el derecho a disentir sin que la vida esté en riesgo por ello. Lo sucedido nos recuerda con crudeza que la violencia política, lejos de ser un fantasma del pasado, sigue al acecho en la Colombia del presente.
Hemos regresado a los años aciagos. Dolorosamente, volvimos a evocar los años 90, una de las épocas más sangrientas de nuestra historia reciente. Una década en la que la violencia política, el sicariato y el narcoterrorismo convirtieron al país en un campo de batalla entre ideologías, intereses armados y mafias que creían poder gobernar con el fusil. Las diferencias no se resolvían con argumentos, sino con plomo.
El atentado contra Uribe Turbay revive el trauma nacional de perder a líderes por pensar distinto. El Estado, en todos sus niveles, debe asumir con urgencia la responsabilidad de proteger la vida de todos los actores políticos, sin distinción ideológica. Pero también debe dar ejemplo y bajarle el tono al discurso que estigmatiza, que divide y que convierte al contradictor en enemigo. Desde el Ejecutivo hasta el último concejo municipal, se necesita moderación, respeto y voluntad de construir desde la diferencia.
No se puede hablar de este atentado sin recordar una herida abierta en la historia de Colombia y en la vida de Miguel Uribe. Su madre, Diana Turbay, fue una víctima trágica del horror que marcó una época convulsionada del país. Periodista, directora de la revista Hoy por Hoy y figura destacada en el periodismo colombiano, Diana fue secuestrada y asesinada en medio del fuego cruzado de la guerra contra el narcotráfico.
Hija del expresidente Julio César Turbay Ayala, Diana se encontraba cubriendo una supuesta entrevista con el jefe del ELN en 1990, cuando cayó en una trampa urdida por órdenes de Pablo Escobar, quien utilizaba a los rehenes para presionar al gobierno contra la extradición. Pasó varios meses en cautiverio hasta que, en enero de 1991, murió durante un fallido operativo de rescate por parte de la fuerza pública.
Su muerte no solo fue una pérdida irreparable para el periodismo nacional, sino también un símbolo del colapso institucional ante el poder del narcotráfico. Diana Turbay murió por ejercer su oficio con valentía, en una época donde informar significaba arriesgar la vida. Su caso se convirtió en emblema de las víctimas del narcoterrorismo, y su memoria ha sido honrada por generaciones que ven en ella un ejemplo de coraje.
Hoy, más de tres décadas después, su hijo Miguel Uribe sufre en carne propia un nuevo capítulo de violencia política. El país no puede permitirse repetir esa historia. Colombia necesita líderes vivos. Necesita debates encendidos, pero pacíficos. Necesita que la confrontación ideológica se resuelva en las urnas y no en las morgues.
El atentado contra Miguel Uribe Turbay es un llamado urgente a la sensatez nacional. No podemos seguir sembrando odio y esperar cosechas de paz. Urge una tregua en el lenguaje político. Urge que el Gobierno Nacional, en su rol de garante, sea el primero en condenar cualquier forma de violencia, venga de donde venga, y proteja sin excepción a todos los líderes políticos. Este no es el momento para sacar réditos ideológicos, sino para reafirmar el compromiso colectivo con la vida, la paz y la democracia.
Desde 724 | Noticias expresamos nuestra solidaridad con Miguel Uribe y su familia. Oramos por su pronta recuperación y porque este país no vuelva a perder a uno solo de sus hijos por pensar diferente. Que lo vivido sea un punto de inflexión, no un regreso a la barbarie.





