El fin de semana, Colombia vivió un estremecimiento doble: uno sísmico y otro moral. Mientras la tierra se sacudía —como si la misma patria se lamentara—, el país seguía impactado por el intento de asesinato contra el senador y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay. Un acto infame que nos lanza de lleno a la pesadilla de los años 80 y 90, cuando la violencia política intentaba ahogar la democracia a sangre y fuego.
Pero esta vez hay una diferencia aún más inquietante: el combustible de esta violencia no proviene de las montañas ni de los carteles del narcotráfico, sino del poder mismo. El discurso que incita al odio y la división ahora nace en la Casa de Nariño.
Mientras líderes nacionales e internacionales expresaban su solidaridad con Uribe Turbay y condenaban el atentado, el presidente Gustavo Petro llegó al Consejo de Seguridad con una actitud desconectada, errática y desubicada. En lugar de liderar con firmeza y empatía en un momento crítico, improvisó palabras sin coherencia, con comparaciones absurdas que rayaron en la ofensa hacia las víctimas y el país entero.
¿Estaba bajo los efectos del alcohol? No lo sabemos. Pero sí sabemos que su comportamiento no estuvo a la altura de un jefe de Estado en una crisis nacional. Petro desaprovechó una oportunidad histórica de unir al país, y eligió, en cambio, seguir abonando el terreno para el caos.
Porque este no es un hecho aislado. Desde el primer día de su mandato, Petro ha alimentado una narrativa de confrontación, revanchismo y persecución. Ha acusado sin pruebas a empresarios, medios, jueces, políticos y hasta a sus propios aliados, señalando a cualquiera que no comulgue con su cruzada ideológica. Su discurso ha abierto heridas, sembrado resentimientos y dejado claro que su «cambio» no es más que un disfraz para una peligrosa regresión autoritaria.
Hoy fue Miguel Uribe. Mañana podría ser cualquier otro. El mensaje es claro: no se trata de quién, sino de que esto no puede volver a ocurrir jamás. No podemos permitir que la violencia se normalice como herramienta electoral. La democracia está en juego.
La Fiscalía debe actuar con independencia, sin presiones, y llegar hasta los autores intelectuales del atentado. El país merece saber quién está detrás y por qué. Y debe hacerlo con celeridad y con toda la protección al detenido, porque ya sabemos cómo suelen «suicidarse» algunos en Colombia.
Que nadie olvide lo que dijo el presidente Petro el pasado 1 de mayo: “Libertad o muerte.” ¿Era una consigna, una provocación ideológica… o una señal velada de lo que está por venir?
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La tierra tembló. Pero más fuerte fue el temblor en la conciencia colectiva de una nación cansada, herida y harta. Es hora de despertar. La democracia está herida, sí, pero todavía está viva. No permitamos que sea asesinada a plomo, odio y silencio. Hoy decimos, más fuerte que nunca: ¡basta ya!



