Luis Alejandro Flórez García, tenía 22 años. Fue asesinado dentro de un vehículo Chevrolet rojo de placas GZK-372 en plena vía pública, este domingo 22 de junio al mediodía, bajo una fuerte lluvia. No estaba en una zona oscura ni oculta. Estaba en Olaya Herrera, sector 11 de noviembre en plena Avenida Pedro Romero, visible, transitada, y sin embargo, vulnerable.
¿Cómo puede hablarse de seguridad cuando los crímenes se cometen con semejante descaro? ¿Qué función cumple una Policía que ni siquiera ha entregado un parte oficial cuando ya se cuentan cinco muertos en 48 horas? ¿Qué clase de gobierno local sostiene esta escalada de homicidios sin emitir un solo llamado contundente?
Cartagena de Indias atraviesa una crisis de seguridad que no solo es evidente en las cifras —que cada semana son actualizadas con nombres nuevos y trágicos— sino en la incapacidad institucional para responder con eficiencia y transparencia. La Policía Metropolitana parece más dedicada a contener el escándalo que a contener el crimen. ¿Dónde están los patrullajes preventivos? ¿Dónde están las cámaras de vigilancia? ¿Dónde está la inteligencia operativa para anticipar el actuar de las bandas armadas? ¿en que quedó el Plan Titan24 del alcalde Turbay?
Pero el problema no es solo de la fuerza pública. Es también político. El discurso oficial repite como mantra que la ciudad es segura, que estos hechos son “aislados”, que todo está “bajo control”. Pero la realidad desmiente esa narrativa: balaceras a plena luz del día, víctimas inocentes atrapadas en fuegos cruzados, fleteos y robos y una ciudadanía resignada a que el crimen es parte del paisaje urbano.
¿Hasta cuándo vamos a aceptar que ciertos barrios de Cartagena —como Olaya, El Pozón, La María— son territorios olvidados, donde la ley no llega, y la vida vale menos? ¿Hasta cuándo los jóvenes de estos sectores seguirán siendo estadísticas? ¿Quién defiende a quienes no tienen apellidos ilustres ni contactos en la administración?
Y peor aún: ¿por qué como sociedad comenzamos a aceptar esta violencia como una costumbre? Cada nueva víctima genera algunos comentarios en Facebook, algunas lágrimas en la funeraria, pero ningún cambio real. Mientras Cartagena promociona su Centro Histórico a turistas y cruceros, sus barrios periféricos sufren una guerra silenciosa que nadie se atreve a nombrar como tal.
Hoy no basta con llorar a Luis Alejandro Flórez. Es momento de exigir. Cartagena no necesita más discursos vacíos. Necesita voluntad política, inversión social, justicia operativa y una ciudadanía que deje de normalizar la barbarie.



