Cartagena de Indias no solo está perdiendo su brillo turístico: está perdiendo el control de sus calles. Esta vez, fue el turno de los vecinos de Parque Heredia, quienes salieron a gritar lo que muchos sienten, pero pocos se atreven a decir: la ciudad está secuestrada por la inseguridad y la indiferencia institucional.
En la entrada del conjunto, pancartas, gritos y rabia. “Queremos seguridad, no promesas vacías”, decía uno de los carteles. Y el reclamo no es caprichoso: el detonante fue el ataque violento a un adulto mayor que terminó en el suelo tras forcejear con ladrones armados en pleno día. Pero lo más alarmante no es el caso… sino su frecuencia. Tres atracos diarios, denuncian los residentes. ¿Quién aguanta eso?
«Ni siquiera sacar al perro es seguro. A una señora la atracaron y la manosearon. Esto es terror puro«, dijo una vecina de uno de los conjuntos más afectados. Los delincuentes no tienen horario, ni discriminan por edad o género. Actúan a pie, en moto, con cuchillo o pistola. Cartagena se ha convertido en una ciudad donde salir de casa es una ruleta rusa.
Pero Parque Heredia es apenas un espejo. La misma pesadilla la viven en El Pozón, Nelson Mandela, La Esperanza, El Campestre, y también en zonas donde el turismo debería estar blindado: Getsemaní, Centro Histórico, Bocagrande y Castillogrande. Sí, hasta en las joyas de la ciudad la gente anda con el corazón en la mano.
Y mientras eso ocurre, el Distrito parece estar en otra sintonía. Festivales, tarimas, luces, fotos con influencers y anuncio de obras con contratistas cuestionados. Todo muy bonito para redes sociales, pero detrás de la pantalla, una ciudadanía atrapada en la paranoia y el abandono.
¿Y el famoso “Plan Titán 24”? Ese que prometía ser “implacable contra el delito” en las tres localidades. Hoy es un espejismo: millonarias inversiones en parque automotor, pie de fuerza maquillado para la foto y cero impacto real. Porque la delincuencia no se combate con discursos, sino con inteligencia, vigilancia y presencia efectiva.

Tras la protesta, llegaron —como siempre— los uniformes, las camionetas institucionales, los saludos protocolarios. Pero la comunidad fue tajante: “No más operativos flash. No más paños de agua tibia. Queremos soluciones de verdad”.
Y tienen razón. El retiro de una cerca que conectaba con el sector Revivir, en San José de los Campanos, dejó abierta una puerta al delito. Desde entonces, los robos se multiplicaron. Y mientras eso pasa, el Distrito sigue sin reaccionar como debe.
Lo que vive Cartagena de Indias es más que una ola de robos. Es una fractura de confianza. La gente siente que está sola. Que el Distrito los abandonó. Que la Policía no da abasto. Que la Secretaria del Interior no tiene una hoja de ruta clara. Y eso, en una ciudad con vocación turística, es dinamita pura.
¿Cuántas alertas más se necesitan? ¿Cuántas víctimas más? ¿Cuántas protestas deben llenarse de pancartas para que la seguridad deje de ser un eslogan vacío y se convierta en una prioridad real?
Cartagena está pidiendo auxilio. Y ese grito no se puede seguir ignorando. Porque mientras los criminales avanzan con total libertad, los ciudadanos retroceden en sus derechos. Y una ciudad donde la gente vive con miedo, no puede hablar de desarrollo. Cartagena no está en fiesta. Cartagena está en emergencia.



