Regresemos al 22 de noviembre de 1963. Ese día, en el estado de Texas —territorio orgullosamente conocido como el «Estado de la Estrella Solitaria»—, fue asesinado a sangre fría el presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy. El magnicidio ocurrió en la ciudad de Dallas, una de las más influyentes del país, con una población diversa —casi un 30% habla español— y una economía vibrante.
Kennedy, sonriente y entusiasta, saludaba a la multitud desde su automóvil descapotado cuando, frente al edificio del Texas School Book Depository, recibió dos disparos: uno en el cuello y otro en la cabeza. El edificio de siete pisos pasó a la historia, supuestamente, como el lugar desde donde Lee Harvey Oswald, un empleado, disparó tres veces con un rifle Carcano de fabricación italiana. Dos de esos proyectiles le quitaron la vida al mandatario, según el relato oficial.
La Comisión Warren, creada por el entonces presidente Lyndon B. Johnson y encabezada por el presidente del Tribunal Supremo, Earl Warren, concluyó que Oswald actuó solo. Un informe de 888 páginas selló esa versión. Sin embargo, desde entonces, las dudas han crecido como una bola de nieve imparable.
¿Por qué la investigación no incluyó a los principales organismos de seguridad del país, como el FBI, el Departamento de Justicia o la CIA? ¿Por qué solo se integró una comisión con miembros de los partidos tradicionales, y no expertos forenses, criminólogos o agentes de inteligencia?
El reconocido patólogo forense Cyril Wecht fue una de las voces más críticas. Según él, Oswald fue un asesino a sueldo contratado por la CIA. Y su argumento estrella apunta directamente al mayor de los enigmas: la desaparición del cerebro de John F. Kennedy.
Sí, su cerebro. Según los registros médicos, fue extraído durante la autopsia (que, por cierto, fue realizada por médicos no patólogos), preservado en formalina y guardado en un recipiente de acero inoxidable. Posteriormente fue enviado a los Archivos Nacionales. Pero en 1966, durante un inventario, el cerebro había desaparecido, junto con otros materiales clave de la autopsia.
El misterio alimentó teorías que van desde el encubrimiento hasta una conspiración de Estado. ¿Por qué tanto interés en que no se analizara ese órgano? La respuesta podría estar en el tipo de heridas que presentaba Kennedy.
Wecht asegura que había un segundo francotirador. Según la misma Comisión Warren, Kennedy tenía una herida con trayectoria ascendente en la espalda, incompatible con el ángulo de disparo de Oswald, quien estaba en un piso superior. Dos balas: una desde atrás y otra desde el frente. ¿Cómo explicarlo con un solo tirador?
Más sospechas recaen sobre Allen Dulles, exdirector de la CIA entre 1953 y 1961, quien fue destituido por Kennedy tras el fracaso de la invasión a Bahía de Cochinos. Inexplicablemente, Dulles fue nombrado miembro de la Comisión Warren. ¿Un zorro cuidando el gallinero?
La verdad sigue enterrada bajo capas de documentos, silencios y archivos clasificados. Pero el símbolo más inquietante de esta historia no es un informe o un testimonio, sino una ausencia: nadie sabe dónde está el cerebro de John F. Kennedy. Y quizás ahí, en esa masa desaparecida de tejido cerebral, estaba la respuesta que cambiaría toda la historia.



