- Por: Arnaldo Castillo Andrade | Comunicador Social, Periodista.
San Juan Nepomuceno, Bolívar, no solo está de luto. El municipio encallado en el corazón de los Montes de Maria está en oración. En cada rincón retumba el eco de un nombre que se pronuncia con cariño, con nostalgia, con gratitud: María Bustillo. La mujer que horneó amor en forma de galleta, que tejió con sus manos una tradición culinaria, ha partido a sus 94 años y lo ha hecho en medio de un clima espiritual que evoca a otra María, la madre de Dios, a quien también se honra en estos días con procesiones y plegarias en todo el país.

Desde el barrio San José, donde los aromas de vainilla, leche y horno de barro eran parte del paisaje, surgió hace décadas un emblema del sabor local: la Galleta María Luisa. Un dulce sencillo pero entrañable, que nació de la inventiva de una mujer de manos ágiles y corazón generoso.
María Bustillo no tenía títulos culinarios ni recetas escritas en libros famosos. Su secreto era uno solo: el amor. Ese que ponía en cada galleta, en cada sonrisa, en cada palabra amable que regalaba desde su pequeña tienda.
La misma María que supo obedecer los designios de la vida con humildad y coraje, que crió a su familia entre hornos de barro y oraciones, hoy es recordada por los suyos no solo como una cocinera excepcional, sino como un ejemplo de mujer creyente. “Fue una mujer abierta a la Palabra de Dios, obediente a su voluntad”, se escuchó decir a un vecino durante la misa de despedida, donde la fe y el aroma de las galletas se entrelazaban en la memoria.
Coincide su partida con días de fervor mariano. María Bustillo también fue guía para su pueblo, no desde el púlpito, sino desde la cocina, desde su testimonio silencioso de trabajo, fe y dulzura.

En San Juan Nepomuceno, la tristeza se disfraza de homenaje. Las panaderías han comenzado a hornear la Galleta María Luisa en su honor. Los niños, que crecieron saboreando ese manjar con los dedos llenos de crema, hoy la nombran con respeto. Y los adultos, que la vieron caminar con su delantal blanco por las calles la recuerdan con ojos húmedos.
María Bustillo no fue santa, pero vivió con santidad. Su horno de barro fue su altar, su receta fue su oración, su vida fue un canto a la constancia y a la ternura. Por eso, su partida no se llora sola: se acompaña con el rezo del Rosario, con el canto de los fieles, con las campanas que suenan en honor a las mujeres buenas que hicieron del amor su legado.
“María fue una de las personas más ilustres de este pueblo”, asegura Jorge, un familiar cercano, con la voz entrecortada. La recuerda como una mujer noble, de esas que transforman la escasez en abundancia, el dolor en enseñanza. En medio de la pobreza, emprendió. Primero con una fábrica de pan y luego con una pequeña tienda en el barrio San José, junto a su esposo, Elía. Allí nació una receta que marcaría generaciones: la María Luisa.
Aquella galleta, con su masa suave y generosa en mantequilla y huevo, y un dulce en el centro que parecía hecho con las manos del alma, se convirtió en el sello de identidad de San Juan Nepomuceno. “Mi mamá no hacía dulces, hacía magia con amor”, dice Pedro Hernández, su hijo, mientras sostiene con dignidad el recuerdo de su madre. “Ella batía el merengue a mano, con paciencia, con cariño… nadie le ha puesto ese amor al dulce como ella”.
Hoy, el pueblo la despide con un suspiro dulce, como los que se escapan después de probar una Galleta María Luisa. Y en lo alto, quizás otra María —la del cielo— la recibe con los brazos abiertos. Porque hay almas que hornean vida, y la de María Bustillo fue una de ellas. Paz en su tumba. Dulzura eterna en la memoria de su gente.

María Luisa, fue sepultada esta mañana entre flores, oraciones y lágrimas. Pero su legado, dicen sus seres queridos, apenas comienza una nueva etapa.



