Mientras las autoridades guardan silencio, las balas siguen dictando ley en los barrios. La violencia selectiva cobra la vida de un joven ingeniero y deja herido a otro ciudadano.
Los sicarios han vuelto a actuar con impunidad en Cartagena de Indias. La tarde de este miércoles 23 de julio, dos hombres armados irrumpieron la aparente calma del conjunto residencial El Virrey, en el barrio Daniel Lemaitre. Su misión era clara: asesinar a su objetivo sin importar la hora, el lugar ni la presencia de testigos. Aunque no lograron su cometido —la víctima fue herida en los pies y trasladada con vida a un centro asistencial— el mensaje fue contundente: los asesinos a sueldo siguen operando libremente en la ciudad.
Según testigos, el pistolero no logró ingresar al conjunto, por lo que disparó desde el exterior. Acto seguido, él y su cómplice huyeron sin que hasta el momento se conozca su paradero. La Policía Metropolitana llegó al sitio, pero ha evitado dar declaraciones oficiales sobre el caso. Un silencio institucional que, lejos de generar confianza, alimenta la frustración de una comunidad que se siente abandonada.
Lo más grave es que este intento de asesinato ocurrió apenas 24 horas después de otro ataque sicarial que sí logró su objetivo: asesinar a Kevin Overni Betancur Otero, un joven ingeniero biomédico de 23 años, en el barrio Olaya Herrera. La victima quien se encontraba en Cartagena por unos días antes de regresar a Medellín, fue ultimado en una esquina del sector La Puntilla. Allí compartía un momento con amigos y familiares. Su primo resultó herido en el mismo atentado.
Betancur Otero, no solo era un profesional con experiencia en su campo, sino también un emprendedor que buscaba transformar vidas desde la ingeniería. Su historia es ahora otra más en la larga lista de talentos que la violencia urbana apaga sin misericordia.
La creciente ola de asesinatos selectivos en Cartagena no es nueva, pero sí cada vez más preocupante. Los ataques ocurren a plena luz del día, frente a testigos, en zonas residenciales o comerciales, sin que se conozcan resultados claros de investigaciones, capturas o sentencias ejemplares. La ciudadanía vive con miedo y las autoridades, en muchos casos, responden con comunicados tibios o, como en este caso, con un silencio ensordecedor.



