En un pequeño pueblo, ubicado frente a un mar azul como un cielo sin nubarrones, se escuchaba el bullicio cuando regresaban los pescadores de su faena, alegres porque la noche había sido fructífera.
La mayoría practicaba la pesca artesanal; otros eran buzos que se sumergían en busca de langostas, muy apetecidas por los turistas y por las vendedoras que, diariamente, madrugaban para ir al pueblo grande, al que llamaban el casco municipal. Este estaba ubicado a cinco kilómetros de la orilla de la playa. Hasta allí llegaban a comercializar sus productos, muy apreciados por el alcalde, los ganaderos y otros clientes habituales.
Recorrían las calles con palanganas en la cabeza y cánticos especiales para atraer a los compradores: — ¡Vendo pescao fresco, frito y ahumado, sábalo, lebranche, sierra y cojinúa! Así transcurría la vida en aquella aldea, habitada por gente humilde y buena: campesinos y pescadores que todos se conocían entre sí.
José Pérez provenía de una familia de pescadores, algunos de los cuales habían pagado caro el precio de usar dinamita para pescar. Su padre, Francisco Pérez, a quien llamaban «El Mocho», perdió parte de sus brazos cuando una barra de dinamita explotó antes de ser lanzada sobre un cardumen de sábalos. Aun así, él era siempre el primero en llegar a la orilla para recibir a los pescadores que regresaban.
José era el único que se dedicaba a la pesca de tortugas, acompañado siempre por su hijo mayor, Catalino. Partían de noche hacia los acantilados, esperando en silencio que las tortugas salieran a la superficie para tomar aire. — Tortuga a la vista —susurraba José.
De pie en la proa, lanzaba una palanca con un clavo que se soltaba al hacer impacto con el animal. Unidos a él por una pita, lo perseguían hasta capturarlo y subirlo al bote. A veces lograban tres ejemplares en una sola noche, todos boca arriba. La tortuga, igual que la pesca con dinamita, estaba prohibida por ser una especie en vía de extinción, pero en el pueblo había quien la pagaba muy bien.
Uno de esos clientes era Don Edgar, un hombre adinerado que prefería la carne de tortuga, el sábalo y el pargo rojo. Era dueño de un gran caserón y heredero, junto con sus hermanos, de las fincas que rodeaban el pueblo. Los campesinos dependían de él: les prestaba tierras para sembrar y luego les compraba la cosecha al precio que él mismo fijaba. Recordaba así a los terratenientes de Tolú y Coveñas.
En la aldea, gran parte de los muchachos pasaban horas en el mar, mientras sus padres luchaban para que asistieran a la escuela. Las vendedoras de pescado se alegraron cuando comenzaron a llegar los carros. Por fin habían mejorado el camino que antes debían recorrer a pie con sus pesadas palanganas. Salían a las cuatro de la mañana todos los días, y con la llegada de los vehículos algunas incluso lograron llevar su mercancía hasta Sincelejo.
Gente trabajadora y buena. Nunca imaginaron que estaban viviendo sus mejores tiempos. Eran felices sin saberlo. No tenían energía eléctrica, agua potable ni buenas vías, pero la vida fluía con dignidad. Hoy, la aldea cuenta con carretera, energía y acueducto. Sin embargo, al regresar, da tristeza: parece que a sus pobladores les hubieran robado el alma. Solo quedan pobreza y hambre. Nadie se compadece de la pequeña aldea.



