“Cuando la Tierra muera, dentro de unos cinco mil millones de años, cuando sea tragada por el Sol, aparecerán otros planetas, estrellas y galaxias, y nadie sabrá nunca que existió un lugar llamado Tierra”. La frase es de Carl Sagan, científico y divulgador que enseñó al mundo a amar el universo. Pero hoy casi nadie la lee, y mucho menos reflexiona sobre ella. Vivimos inmersos en una carrera frenética, estresante y vacía, movida por la ambición humana y por la idea equivocada de que el dinero lo es todo.
Muchos creen que la felicidad se compra, y al no encontrarla en su país de origen emigran hacia el “gran país del norte”, Estados Unidos. Sin embargo, miles de latinos llevan allí más de un año sin trabajo, dependiendo de la ayuda de un hermano, un amigo o de algún alma caritativa que aparece como un ángel providencial. Mientras tanto, quienes logran emplearse suelen tener hasta tres trabajos para poder subsistir, sin descanso ni recreación, como si la vida se resumiera en sobrevivir.
Hay quienes, con ironía, dicen que Estados Unidos debería llamarse “Los Esclavos Unidos”. La prisa es tal que nadie saluda a nadie, y los vecinos apenas se reconocen, salvo en las películas de Hollywood, esas mismas que nos vendieron un sueño dorado con actrices deslumbrantes como Raquel Welch o Salma Hayek.
Los inmigrantes latinos rara vez levantan la vista para mirar las estrellas, como lo hacía Carl Sagan. Sagan —astrónomo, astrofísico, cosmólogo, astrobiólogo y escritor— se hizo célebre por la serie Cosmos, que nos enseñó a contemplar la inmensidad del universo y a ver nuestro planeta como un punto frágil en medio de la vastedad del espacio.
Mientras tanto, el llamado “Sueño Americano” parece haberse desvanecido. Las políticas y tensiones sociales de Donald Trump dejaron en evidencia las falencias de Estados Unidos: campamentos improvisados de adictos a las drogas en las calles de Hollywood y Nueva York, inequidad creciente y una sociedad cada vez más dividida. Todas las potencias atraviesan ciclos de auge y decadencia. El Imperio Romano cayó, Francia —que fue la quinta potencia mundial— ha perdido influencia, y hoy muchos países ven en China el nuevo centro de desarrollo global.
América Latina, por su parte, enfrenta sus propios demonios: baja inversión, gobiernos ineficientes y corrupción. Pero todavía conservamos algo que nadie nos puede quitar: la capacidad de mirar al cielo nocturno y maravillarnos con las estrellas. Ese simple acto, gratuito y eterno, nos recuerda que somos parte de un universo inmenso y mágico, más grande que nuestras ambiciones y problemas. Todavía podemos mirar las estrellas. Solo hace falta detenernos un momento.



