El próximo 20 de enero se cumplirán 45 años de la tragedia que partió en dos la historia de Sincelejo. Ocurrió en la plaza de corralejas “Hermógenes Cumplido”, en el barrio Mochila, durante las fiestas del Dulce Nombre de Jesús, el día en que la ciudad dejó de celebrar para siempre como lo había hecho hasta entonces.
Sincelejo no es una ciudad que olvide: puede guardar silencio, puede aprender a convivir con el dolor, puede incluso seguir sonriendo en otras fechas, pero no olvida. Cada 20 de enero, cuando el calendario vuelve a marcar lo que antes era sinónimo de música, pólvora y toros, algo se quiebra en el alma colectiva de la capital sucreña, porque el 20 de enero de 1980 no fue simplemente una fiesta que salió mal, sino el día en que la alegría se desplomó y la tradición se vistió de luto.
Durante décadas, las corralejas habían sido el corazón palpitante de las fiestas; no eran una corrida formal ni un espectáculo reglamentado, eran el pueblo dentro del ruedo, el toro frente al hombre sin barreras, el porro sonando como banda sonora del riesgo, identidad sabanera transmitida de generación en generación y un orgullo popular que nadie se atrevía a cuestionar. Y precisamente por eso nadie preguntaba nada: nadie preguntó cuántas personas podían soportar los palcos, nadie preguntó si la madera resistía, si los clavos estaban bien puestos, si el suelo húmedo aguantaría el peso de miles de cuerpos; la tradición era la única garantía y la fe, el único seguro.
La plaza de corralejas de ese enero de 1980, se construyó tabla sobre tabla, costumbre sobre cálculo, confianza sobre técnica, mientras los palcos crecían como una mole de madera frágil, alta y estrecha, atiborrada de gente que reía, bebía y esperaba ver salir los toros, sin imaginar que esa estructura levantada para celebrar la vida se convertiría en la tumba de cientos.
Aquel 20 de enero llovió, una lluvia breve, casi inocente, pero suficiente; la gente, buscando refugio, se movió hacia atrás en los palcos y ese gesto simple y humano, cubrirse del agua, fue el golpe final: la estructura cedió y cuando cedió no solo cayó la madera, cayeron vidas, familias enteras, sueños y futuros que nunca llegaron. El derrumbe fue brutal, entre gritos, polvo, sangre y cuerpos atrapados bajo los escombros, con padres buscando hijos, hermanos llamándose en la oscuridad y personas que minutos antes reían quedando inmóviles, sepultadas por la fiesta; los hospitales colapsaron porque no había camillas suficientes, no había médicos suficientes y no había tiempo suficiente.
Las cifras nunca fueron claras, se habló de más de 400 muertos y otros dicen que fueron muchos más, pero el número exacto importa menos que la certeza irrefutable de que Sincelejo nunca volvió a ser la misma. Esta serie de crónicas que comienza hoy, 15 de enero, busca memoria, verdad y humanidad, porque detrás de cada cifra hubo un nombre, detrás de cada herido una familia y detrás de cada cuerpo una historia interrumpida; hubo madres como Estebana Villalba, que perdió a su hija Alicia, sobrevivientes como Felipe Rambaut, que cargó durante décadas el peso silencioso de haber salido con vida, vendedores, músicos, campesinos, niños y ancianos, muchos ausentes de los registros oficiales pero presentes para siempre en la ausencia cotidiana de quienes los esperaron en vano. Y también hubo quienes sobrevivimos: yo estaba allí, era un niño, entré a la plaza con mi familia, la lluvia cayó y los palcos se vinieron abajo; mi padre, mi madre y mi hermana sufrieron fracturas, yo vi morir a personas que conocía, vi amigos, vecinos y rostros que todavía me visitan en sueños, porque Dios nos salvó pero nos dejó una memoria que no se borra, y por eso esta crónica no es solo historia, es testimonio.
En las próximas entregas recorreremos los días previos, cuando la ciudad se vestía de fiesta sin saber que caminaba hacia el abismo, hablaremos de la tradición, de los ganaderos, de la construcción de los palcos y de las señales ignoradas, reviviremos el 20 de enero y también los días posteriores, los hospitales desbordados, los entierros, las promesas de justicia y el silencio que vino después, porque recordar no es abrir heridas sino impedir que vuelvan a infligirse; Sincelejo merece que se cuente su verdad, las víctimas merecen que se pronuncien sus nombres y el país merece aprender de una tragedia que jamás debió ocurrir, una memoria que no se escribe para el pasado, sino para que el futuro no repita el mismo dolor.



