El 16 de enero amanecía en Sincelejo con una música que parecía brotar de la tierra. No era únicamente el porro que escapaba de los radios ni el redoble persistente de los tambores en ensayo; era algo más hondo, un murmullo colectivo, una vibración de expectativas que recorría calles, patios y plazas. Faltaban cuatro días para el día clásico y, en la sabana sucreña, cuatro días podían sentirse como una eternidad cuando se aproximaba la fiesta mayor.
La ciudad se preparaba siguiendo una liturgia heredada. En los barrios, las madres sacaban del fondo del ropero los vestidos “de fiesta” y los colgaban al sol para espantarles el olor a encierro. Los padres revisaban zapatos, sombreros y camisas de manga larga que solo veían la calle una vez al año. Los niños —el suscrito entre ellos— mirábamos esas prendas con una mezcla de orgullo y ansiedad: eran la señal inequívoca de que la corraleja estaba cerca. Se compraban dulces, se apartaban monedas para el raspao, se despejaban espacios en las casas para recibir a los parientes que llegarían de Corozal, San Pedro, la Mojana. La casa de la calle Real, al pie de lo que todos conocían como el Papayo, se transformaba en un pequeño hotel del afecto.
En la plaza Hermógenes Cumplido, mientras tanto, la tradición comenzaba a tomar forma en madera. Las graderías se levantaban en tres pisos, a veces más, construidas con tablones, varas, láminas de lata y techos de zinc que crujían bajo el sol del Caribe. Eran estructuras imponentes y frágiles a la vez, una arquitectura sostenida más por la confianza que por el cálculo. Los carpinteros, hombres de manos endurecidas y mirada experta, trabajaban con una coordinación casi ritual: martillo, clavo, sierra; martillo, clavo, sierra. Cada golpe parecía sellar un pacto silencioso con la costumbre.
Nadie hablaba de capacidad máxima ni de cargas permitidas. Se hablaba, en cambio, de quién ocuparía los mejores palcos, de cuántos invitados llevaría cada familia, de cuál banda tocaría más fuerte. Los pasillos estrechos entre las graderías se llenaban de vendedores que ya probaban suerte con cerveza fría, bollos, butifarras y maní. La fiesta no esperaba al 20 para empezar: ya estaba ocurriendo.
Ese 16 de enero, los nombres de los ganaderos resonaban como apellidos ilustres. Juancho Perna era uno de los más mencionados. Hombre de sabana, de voz recia y trato directo, había construido su prestigio con ganado bravo y una relación casi ritual con la tierra. Decían que sus toros “sabían” cuándo estaban en corraleja, que entraban al ruedo con una energía distinta. Para muchos, un toro de Perna era sinónimo de espectáculo. Ese año, además, se comentaba como algo inusual que le hubieran asignado la tarde que tradicionalmente correspondía a la ganadería Santa Teresa, de don Arturo Cumplido Sierra. el hombre que representaba la historia viva de las corralejas.
Su apellido estaba ligado a la plaza misma; no era solo un ganadero, era un símbolo. El dueño del popular toro El Balay. Aunque ese año no encabezara la tarde del 20, su presencia seguía marcando el pulso de la fiesta. En los corrillos se decía, en voz baja y con respeto, que con don Arturo la organización era más cuidadosa, que tenía un ojo clínico para la seguridad sin restarle emoción al festejo. Eran comentarios que flotaban en el ambiente, sin llegar a convertirse en advertencia.
La tarde del 16 trajo una llovizna breve que humedeció la madera. Algunos trabajadores alzaron la vista y apuraron los clavos. La gente, en cambio, siguió celebrando. La lluvia era parte del folclor, una bendición que refrescaba el calor, no una amenaza que debilitara estructuras.
En las casas —en la mía especialmente— la preparación continuaba. Mi madre repasaba una y otra vez la lista de lo que llevaríamos: agua, pañuelos, el dinero para las entradas. Caminaba despacio, con una barriga inmensa: mi hermana menor estaba en su octavo mes de gestación y nacería, días después, el 9 de febrero, sin contratiempos, gracias a Dios. Mi padre hablaba de llegar temprano para asegurar buen sitio; aunque vivíamos la mayor parte del tiempo en la finca La Lucha, en Paloquemao, durante esos días nos mudábamos por completo a Sincelejo. Mis tres hermanas mayores se probaban los vestidos que estrenarían. Yo observaba todo con la emoción intacta de quien cree que la fiesta es eterna.
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Sincelejo se estaba preparando para su propia leyenda sin saberlo. Las bandas afinaban, los palcos crecían, las familias se reencontraban. La tradición avanzaba con paso firme, orgullosa de sí misma, sin mirar el borde del abismo que —silencioso, paciente— comenzaba a abrirse bajo sus pies.



